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ENMAYÚSCULA, (SMITHSONIAN).- Los científicos construyeron un robot para ayudar a explicar cómo un murciélago tropical detecta los insectos posados en las hojas utilizando la ecolocalización, un comportamiento muy sofisticado que requiere una toma de decisiones precisa y en fracciones de segundo por parte del murciélago cazador.

En un estudio publicado en la revista Journal of Experimental Biology, una investigadora de murciélagos del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) se asoció con dos ingenieros robóticos de la Universidad de Cincinnati y la Universidad de Amberes, respectivamente, para ofrecer la primera explicación plausible de cómo el murciélago común de orejas negras (Micronycteris microtis) puede determinar de manera eficiente si una hoja está ocupada por un insecto silencioso en medio del denso y desordenado sotobosque de la selva tropical utilizando solo el sonido.



La coautora Inga Geipel, investigadora asociada del STRI, sugirió anteriormente que M. microtis detecta presas silenciosas escaneando las hojas con sonido desde un ángulo, de forma similar a como un humano mira un espejo desde un lado, y escuchando el eco que indica que hay una presa. Si la hoja está desocupada, los sonidos del murciélago rebotarán en la hoja y se alejarán del murciélago, y este no escuchará ningún eco. Si la hoja está ocupada por una presa, la mayor parte del eco se reflejará lejos del murciélago, pero parte de él rebotará en la presa y volverá al murciélago, lo que le indicará que ha encontrado su alimento.



Pero la teoría de Geipel sugiere que, para que el murciélago sepa el ángulo en el que debe acercarse a una hoja para poder detectar a su presa, primero necesita conocer la orientación y la posición de cada hoja. Sin embargo, realizar esas mediciones le costaría al murciélago mucho tiempo y energía, por lo que los investigadores propusieron que los murciélagos pueden enfocar las hojas interesantes simplemente aprovechando la estabilidad de los ecos que provienen de sus presas posadas sobre ellas.



“Siempre me ha sorprendido cómo estos pequeños animales no solo son capaces de orientarse en la compleja maraña del sotobosque en completa oscuridad, sino también cómo encuentran y capturan diminutos insectos con una precisión increíble, utilizando sus propios sonidos”, afirma Geipel. “Aún así, solo tenemos un conocimiento limitado de cómo cazan los murciélagos en este entorno tan concurrido, y nuestro estudio ayuda a explicar cómo son capaces de llevar a cabo esta difícil tarea.”



Utilizando un robot para modelar el comportamiento de búsqueda de alimento

Para modelar la técnica hipotética de búsqueda de alimento de los murciélagos, el equipo de investigación construyó un robot y lo programó para que emitiera señales ultrasónicas y siguiera los ecos de las hojas de cartón, sin medir el tamaño ni la orientación de las hojas. El robot exploró aleatoriamente un conjunto de estas hojas modelo, una de las cuales tenía una libélula falsa, hasta que detectó un eco y se movió en la dirección del eco. Si el eco se debilitaba demasiado, lo que en la naturaleza indicaría que la hoja está desocupada, el robot seguía adelante.



“Los experimentos conductuales ya habían sugerido cómo estos murciélagos podrían resolver el problema de encontrar hojas ocupadas por presas, pero queríamos saber si esa explicación era realmente suficiente para que el comportamiento funcionara”, afirmó Dieter Vanderelst, autor principal del artículo y profesor asociado de biología, ingeniería mecánica e ingeniería eléctrica en la Universidad de Cincinnati. “Al incorporar la estrategia hipotética de búsqueda de alimento del murciélago en un robot y probarla en el mundo físico, nos preguntamos si una solución simple y elegante puede tener éxito en condiciones acústicas complejas.”



Utilizando el algoritmo descrito, el robot fue capaz de distinguir entre las hojas ocupadas por el modelo de libélula y las hojas vacías. Detectó con éxito a la libélula el 98 % de las veces y solo el 18 % de las veces señaló erróneamente la presencia de presas en hojas desocupadas. A medida que barría las hojas, el robot recopilaba datos que demostraban cómo hacía la distinción: si una hoja estaba desocupada, el volumen del eco alcanzaba su máximo y descendía rápidamente a medida que el robot se acercaba a la hoja lisa desde diferentes ángulos, mientras que una hoja ocupada producía ecos estables independientemente del ángulo, ya que el insecto tridimensional reflejaba el eco en muchas direcciones distintas. El robot era más preciso cuando se acercaba a la hoja desde los ángulos en los que estos murciélagos suelen acercarse a las hojas en la naturaleza. Este modelo demuestra que los murciélagos podían detectar a sus presas utilizando una hoja como espejo sin tener que determinar primero la posición y la orientación de la hoja.



“Lo que más me fascina es que, al volar a una altura bien elegida, los murciélagos pueden utilizar las hojas como espejos para centrar automáticamente su atención en aquellas hojas que les interesan”, afirma Herbert Peremans, autor principal del estudio y profesor de robótica en la Universidad de Amberes. “Este ejemplo muestra claramente que la naturaleza no desarrolla componentes, sino sistemas. Es la interacción dinámica entre el murciélago y el entorno, a través del SONAR, lo que hace que este comportamiento de caza funcione.”

Estos datos amplían la comprensión de cómo M. microtis y otros murciélagos que capturan presas en superficies pueden alimentarse de manera tan eficiente. El método que utilizan para escanear las hojas en busca de presas podría ayudar a diseñar nuevos sistemas SONAR para su uso en la agricultura, como la detección de frutos en los árboles o plagas en los cultivos, diseños que traducen la eficiencia alimentaria de los murciélagos en eficiencia en la producción de alimentos para los seres humanos y otros animales.
SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).- Los organizadores del Mid‑Continent Paleobotanical Colloquium (MPC) anuncian que su 43.ª reunión anual tiene lugar del 23 al 26 de marzo de 2026 en el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) de Panamá. El evento reúne a investigadores y estudiantes para compartir nuevos hallazgos sobre la vida vegetal antigua y su papel en la configuración de los ecosistemas del pasado.

Fundado en 1968 como una reunión informal de paleobotánicos estadounidenses, el MPC se ha convertido en uno de los encuentros más longevos y respetados de su tipo. A lo largo de casi seis décadas, ha pasado de centrarse en las floras fósiles de América del Norte a convertirse en un foro verdaderamente internacional.

Los investigadores compartirán resultados que incorporan enfoques de vanguardia, como la morfometría digital, los análisis isotópicos y las reconstrucciones basadas en el aprendizaje automático. Las reuniones recientes fueron organizadas por el Museo de Historia Natural de Florida (2023) y el Museo Field de Chicago (2024).

El programa del 2026 incluye presentaciones orales, sesiones de pósteres, talleres y excursiones de campo a yacimientos geológicos y botánicos de todo Panamá.

Los participantes tendrán la oportunidad de explorar los diversos paisajes de la región, examinar su rico registro paleobotánico y relacionar los hallazgos fósiles con la biodiversidad de los ecosistemas tropicales actuales.

La ubicación de Panamá, en la encrucijada entre América del Norte y América del Sur, lo convierte en un escenario excepcional para estudiar la evolución de las plantas. Sus bosques tropicales, manglares y variadas formaciones geológicas constituyen un laboratorio natural para comprender la historia de la vegetación en todo el continente. Acoger el MPC en este entorno pone de relieve el papel único del país como punto clave de la biodiversidad y de descubrimientos paleobotánicos.

El coloquio cuenta con la participación de varias figuras destacadas de la paleobotánica y campos afines, entre ellas Conrad Labandeira, pionero en el estudio de las interacciones entre plantas e insectos, quien analizará la historia remota de la herbivoría en el registro fósil. Caroline Strömberg presentará nuevos datos sobre fitolitos del Cretácico Superior procedentes de la región del Decán, que ofrecerán información sobre la dinámica de la vegetación en torno al límite K/Pg (límite Cretácico-Paleógeno).

Tanner M. Frank examinará la estructura de la red trófica en el ecosistema de Rhynie Chert del Devónico Inferior, mientras que Marcus A. Brown mostrará métodos automatizados para analizar la morfología de la cutícula foliar y su importancia climática. Nathan Jud destacará los recientes descubrimientos de madera fósil en Panamá, y Dana L. Royer analizará los patrones globales de masa foliar por área entre las angiospermas leñosas modernas y sus aplicaciones a los conjuntos fósiles. Benjamin A. Lloyd presentará pruebas basadas en el aprendizaje profundo de las primeras praderas C4 en el Mioceno temprano de África Oriental. La reunión contará además con la participación de Scott Wing, ampliamente considerado como uno de los paleobotánicos más destacados del mundo.



Participa un grupo diverso de investigadores y estudiantes locales y extranjeros cuyo trabajo refleja la amplitud científica del encuentro. Entre los participantes se encuentran Oris Rodríguez y Camila Martínez, que se centran en la diversidad y la evolución de las maderas fósiles de Panamá, Perú y Colombia. Elena Stiles abordará las interacciones entre la vegetación y el clima en la Amazonia del Pleistoceno y la resiliencia de los bosques tropicales durante los ciclos interglaciares y glaciales del pasado. Diana Ochoa presentará su investigación sobre los cambios en las comunidades vegetales de las tierras bajas del centro de Perú durante el Mioceno y el Pleistoceno, mientras que Ingrid Romero examinará cómo las relaciones modernas entre el clima y la vegetación pueden refinar las pruebas paleobotánicas de los modelos paleoclimáticos. Alexandra M. Grajales investiga la evolución de las simbiosis fijadoras de nitrógeno en Alnus y su influencia en la herbivoría de los insectos.

Laura M. Puente-Santos explora la hidráulica foliar en las coníferas antárticas del Campaniense, y Yeritza Cabrera presentará nuevos fósiles vegetales del Eoceno procedentes de Panamá, incluidos frutos fósiles de la Formación Tonosí. Sara D. Vivero Osorno compartirá un análisis ecoanatómico de un espécimen de madera fósil del Pleistoceno procedente de Panamá.

El comité organizador del 2026 está formado por el científico del personal del Smithsonian, Carlos Jaramillo, junto a las investigadoras de STRI Karen Cárdenas y Daurys de Alba; Oris Rodríguez, de la Universidad de Panamá; y Camila Martínez, de la Universidad EAFIT de Colombia.

El MPC es un foro importante para el avance del conocimiento científico, el fomento de la tutoría y el apoyo a los investigadores que se encuentran en los inicios de su carrera. La reunión de Panamá subraya el compromiso del coloquio con la integración de la investigación científica con la riqueza ecológica y geológica de las regiones que visita.
SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).- Un nuevo estudio del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) estima que el 10% de las especies de insectos en Isla Barro Colorado pueden ser crípticas o visualmente indistinguibles de las especies relacionadas, lo que destaca las posibles brechas en la comprensión de los científicos sobre la dinámica del ecosistema



Puede ser difícil distinguir algunos insectos. Es poco probable que confunda un escarabajo rinoceronte con una mariposa monarca, pero ver la diferencia entre dos especies de hormigas es un desafío para el ojo inexperto. Incluso los taxónomos que se especializan en identificar escarabajos negros genéricos pueden equivocarse. Esto se debe a que algunas especies de insectos se ven exactamente iguales en el exterior, incluso para un científico capacitado.



Estos insectos de aspecto idéntico se denominan especies crípticas. Debido a que las especies crípticas son indistinguibles entre sí, es difícil para los científicos saber cuántas de ellas hay en un ecosistema determinado. Pero un artículo reciente publicado por el Laboratorio de Artrópodos de STRI tiene una estimación. El estudio encontró que el 10.6% de las especies en la estación de investigación de Isla Barro Colorado (BCI) pueden ser crípticas, lo que destaca el desafío de comprender la biodiversidad en un bosque tropical.



"Si estás agrupando todas las especies, cometerás algunos errores", dijo Yves Basset, investigador principal del Laboratorio de Artrópodos y autor del estudio. "Dado que las especies están aisladas, podrían tener una ecología diferente".



Las especies crípticas pueden parecer iguales, pero su genética es diferente. Aunque hay múltiples formas de clasificar una especie, una definición generalmente aceptada es que los organismos de la misma especie comparten el 98% de su ADN. Pero si un par de mariposas de aspecto idéntico comparten el 97% o menos de su material genético, una podría ser una especie críptica.



Para evaluar cuántas especies crípticas pueden estar presentes en BCI, los investigadores utilizaron ADN de la vasta colección de especímenes de insectos del Laboratorio de Artrópodos recolectados en la isla; el laboratorio recolecta decenas de miles de insectos individuales cada año como parte de su monitoreo a largo plazo para rastrear cómo las diferentes especies de la isla están respondiendo al cambio climático. El laboratorio envió más de 7,500 muestras de su colección de referencia, generalmente una parte de la pierna del espécimen, a la Universidad de Guelph, que envió información genética que el laboratorio utilizó para identificar especies crípticas.



Comprender exactamente cuántas especies están presentes en un ecosistema ayuda a los investigadores a pintar una imagen más completa de las relaciones dentro de ese ecosistema. Las especies crípticas pueden tener ciclos de vida muy diferentes en comparación con sus semejantes, por lo que comprender su presencia da pistas sobre la dinámica oculta que los científicos podrían estar perdiendo.



Identificar especies crípticas también crea el potencial para que los científicos descubran algo útil para los humanos. "Tal vez descubramos que la especie de bacteria A tiene una cura para el SIDA o el COVID. Entonces, quieres poder distinguirlo de otra especie", dijo Basset.



Dado que no se ha secuenciado toda la colección, es probable que el número real de especies crípticas en BCI sea mayor. Daniel Souto, coautor del artículo, dijo que cuantos más especímenes se secuencien, más probable es que se encuentren nuevas especies crípticas. "Es como si estuviéramos corriendo en una banda sin fin", explicó. "Cuanto más corramos, más otras especies nos alcanzarán".



El número de especies sobre las que el Laboratorio de Artrópodos mantiene registros es otra limitación del estudio. Basset estima que hay entre 300 y 350 familias de insectos en BCI, sin embargo, por razones de capacidad, el laboratorio solo mantiene datos sobre especies de 23 familias. Si el laboratorio ampliara sus protocolos de monitoreo, es probable que se descubrieran más especies crípticas.



En estudios futuros, Basset dijo que planea continuar recurriendo a la colección del laboratorio para examinar qué factores crean especies crípticas. Además de recopilar datos valiosos sobre cómo responden los insectos tropicales al cambio climático, el monitoreo a largo plazo del laboratorio en BCI abre la puerta a otros descubrimientos increíbles.



"Sin el monitoreo, no hay forma de que pudiéramos haber hecho un estudio como este", dijo Basset.

SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).-Las mariposas Morpho azules han cautivado el ojo humano durante siglos: ¡incluso tenemos una como emoji en nuestros teléfonos! En un experimento reciente, investigadores del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) documentaron por primera vez que las altas temperaturas durante la etapa de la pupa pueden reducir el brillo de su iridiscencia.

A temperaturas elevadas, como las proyectadas en futuros escenarios de calentamiento, las estructuras responsables de su color iridiscente podrían cambiar lo suficiente como para que sus depredadores comunes, como las aves, y otras mariposas de la misma especie probablemente perciban el cambio de color. Los científicos publicaron sus resultados recientemente en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences Nexus.

Los científicos expusieron pupas, la etapa de la metamorfosis previa a la adultez, de Morpho helenor a tres categorías diferentes de temperatura: una temperatura tropical promedio, propia del ambiente donde normalmente viven estas mariposas; una temperatura templada, que simulaba las condiciones de zonas templadas; y temperaturas altas, como las predichas por el cambio climático.

En concordancia con otros estudios, encontraron que las temperaturas templadas y altas prolongan el tiempo que las mariposas pasan como pupas. Además, a temperaturas altas, las pupas murieron con mayor frecuencia. También encontraron que las mariposas Morpho adultas expuestas a altas temperaturas durante su etapa de pupa tenían colores más opacos, y que depredadores comunes, como las aves, y otras mariposas de la misma especie podían detectar este cambio de color. Aún se desconocen los efectos que este cambio podría tener sobre los depredadores o las posibles parejas. Como la iridiscencia podría confundir a los depredadores, las mariposas con colores más opacos podrían ser más susceptibles a la depredación o resultar menos atractivas para posibles parejas.

“Demostramos que los animales iridiscentes son susceptibles a las condiciones ambientales en las que se desarrollan. Bajo un clima cada vez más cálido, el color de algunos de nuestros animales iridiscentes favoritos puede alterarse y el brillo de sus despliegues iridiscentes puede disminuir”, explicó Juliette Rubin, autora principal del estudio y becaria del STRI.

El color azul iridiscente que vemos en las mariposas Morpho no proviene de pigmentos. Se produce gracias a estructuras diminutas que poseen crestas presentes en las escamas de sus alas, llamadas nanoestructuras. El color azul que vemos es producto de cómo estas estructuras microscópicas reflejan la luz. “Las escamas de estas mariposas son como las tejas superpuestas de un techo. El cambio de color que encontramos en los adultos después de exponer las pupas a altas temperaturas puede explicarse, en parte, porque disminuyó la distancia entre las nanoestructuras, reduciendo el ancho de toda la escama”, explicó Rubin. “Esto probablemente hizo que las escamas se superpusieran menos”.

Los resultados de este estudio podrían ayudar a predecir los efectos del aumento de las temperaturas durante el desarrollo de distintos animales. En general, la flexibilidad de estas diminutas estructuras es sorprendente y revela cómo incluso los diseños más pequeños de la naturaleza pueden responder a un clima cambiante.

“Este estudio no habría sido posible sin las instalaciones y laboratorios del STRI, ubicados dentro de la distribución tropical natural de estas deslumbrantes mariposas, lo que nos brindó una oportunidad única para realizar nuestros experimentos. El STRI también nos dio la posibilidad de trabajar con becarios y pasantes de varios países, creando un equipo colaborativo de científicos curiosos”, añadió Rubin.

Acerca de Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales

El Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, en ciudad de Panamá, Panamá, es una unidad de la Institución Smithsonian. El Instituto promueve la comprensión de la naturaleza tropical y su importancia para el bienestar de la humanidad, capacita estudiantes para llevar a cabo investigaciones en los trópicos, y fomenta la conservación mediante la concienciación pública sobre la belleza e importancia de los ecosistemas tropicales.

SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).- Un gran montículo que parecía una colina natural en el estado de Tabasco, en el suroeste de México, resultó ser la mayor construcción prehispánica en la zona maya hasta la fecha.



Llamada Aguada Fénix, la construcción, así como una serie de canales, caminos y una presa construida en la orilla de una laguna, fue localizada por primera vez por investigadores en 2017 mientras buscaban indicios de asentamientos prehispánicos en la zona, convencionalmente llamada planicies o tierras bajas mayas occidentales, donde se han encontrado otros yacimientos mayas.



Liderado por los profesores de antropología Takeshi Inomata y Daniela Triadan de la Universidad de Arizona, el equipo de arqueólogos fue el primero en utilizar LiDAR para examinar el yacimiento. Tras dos años de excavaciones y análisis, obtuvieron una mejor imagen de la magnitud de la construcción: entre 10 y 15 metros de altura (aproximadamente la altura de un edificio de cuatro o cinco plantas), 1,400 metros de largo y 400 metros de ancho, es por lejos la mayor construcción maya encontrada hasta la fecha. La datación por radiocarbono estima que fue construida y renovada entre 1050 y 700 a.C.



"Estudiar un área de esta extensión era impensable hasta hace unos años", dijo Inomata cuando publicó por primera vez los hallazgos de Aguada Fénix en 2020. "El LiDAR está transformando la arqueología."



Este descubrimiento planteó más preguntas sobre el origen de esta civilización mesoamericana, que se extendió por el sur de México, Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador. También aporta pruebas de que los mayas pudieron haber sido contemporáneos de la civilización olmeca; Aguada Fénix se encuentra en una zona cercana a la región olmeca, y presenta características similares a otros yacimientos olmecas, como San Lorenzo, en Veracruz, México.



"Siempre ha habido muchos debates sobre si la civilización maya se desarrolló individualmente o con influencia olmeca", dice Inomata.



Entonces, ¿para qué se construyó Aguada Fénix? ¿Y quién la usó?



En un artículo reciente, Landscape-wide cosmogram built by the early community of Aguada Fénix in southwest Mexico, publicado en Science Advances, los investigadores entran a lo profundo del centro del sitio para conocer sus propósitos.



Hasta hace poco, se creía que los mayas construían grandes monumentos para sus élites y jefes gobernantes, pero Aguada Fénix parecía haber sido diseñado como un cosmograma, probablemente construido por la comunidad para celebrar eventos y rituales públicos.



"Un cosmograma es una representación del orden del universo, incluyendo el espacio y el tiempo", explica Inomata. "Lo vemos así porque el sitio está diseñado en función de dos ejes que se cruzan en las direcciones norte, sur, este y oeste."



El eje este-oeste del lugar se alinea con la dirección de los amaneceres del 17 y 24 de febrero, que están separados por 130 días, la mitad del ciclo de 260 días del calendario ritual mesoamericano. Esto indica que el lugar se utilizaba como lugar ritual durante días importantes del calendario maya.



"En el complejo central, los especialistas rituales que se situaban en el montículo occidental podían trazar las direcciones de los amaneceres sobre el edificio largo oriental durante todo el año", dijo la coautora Ashley Sharpe, arqueóloga del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) quien estudia la historia de pueblos y culturas en América.



En la plaza entre el montículo occidental y el edificio largo oriental, los investigadores encontraron un pozo con forma de cruz, que los constructores cortaron en la meseta principal o plataforma, para ser utilizado para depósitos rituales.



"Este pozo en el centro de la plataforma es muy grande, y aunque también hay fosas en forma de cruz en otros lugares, esta es la más grande", señala Inomata.



"Excavamos en la meseta principal, bajando hasta una profundidad de ocho metros, lo que nos ayudó a entender mucho sobre esta plataforma con respecto a las técnicas de construcción y secuencia, lo cual nos llevó a preguntarnos cómo la gente se organizaba para llevar a cabo este proyecto comunitario", dijo la coautora Verónica Vázquez López, arqueóloga mexicana del Instituto de Arqueología del University College London, que trabaja en Aguada Fénix desde 2018.



Además de la gran fosa cruciforme, la plaza contenía múltiples escondites, agujeros o cavidades hechos para colocar objetos para un ritual y luego enterrados para ser ocultados. Estos escondites muestran que la gente realizaba rituales repetidamente en este lugar. Los objetos encontrados en estos depósitos variaban desde objetos de arcilla con forma de hacha, hachas de jade, recipientes de cerámica y adornos de piedra verde con formas de cocodrilo, ave y mujer humana dando a luz.



En el fondo mismo del pozo cruciforme, los arqueólogos encontraron otro pozo más pequeño, también con forma de cruz, excavado en el lecho de roca. Contenía tres pigmentos de colores y otros objetos dispuestos para coincidir con los puntos cardinales, el simbolismo direccional de color más antiguo conocido en Mesoamérica.



"La forma de la cruz y los colores son importantes en muchos de los grupos nativos americanos", dice Sharpe. "En un periodo posterior, cada color solía asociarse a un punto cardinal específico, pero en este caso los colores eran diferentes."



Los mayas posteriores usaron blanco para representar el norte, rojo para el este, amarillo para el sur y negro para el oeste. En Aguada Fénix, se encontró un pigmento azul de azurita en el norte, pigmento verde hecho de malaquita se depositó en el este, y un pigmento amarillo de ocre se colocó en el sur, junto con una valva de ostra perlífera marina, que tiene un color amarillo dorado. No se encontró pigmento en la parte occidental, pero sí una caracola atlántica de leche y una valva de ostra marina espinosa, que son naturalmente rojas. Otra posibilidad sería que estas conchas pudieran haber representado agua, ya que los mayas posteriores asociaban la dirección occidental con la muerte y el inframundo acuático.



Próximos pasos



Para averiguar si las personas que visitaron y utilizaron Aguada Fénix también se instalaron cerca de él, los investigadores también han estado explorando las construcciones que rodean la plataforma: las cuatro secciones de un canal sin terminar que se extienden hacia el oeste desde la Laguna Naranjito, un cuerpo de agua poco profundo que se ha secado recientemente.



"Hemos estado investigando las zonas ceremoniales, pero ahora estamos cambiando nuestro enfoque a las posibles zonas residenciales", dice Inomata. "No sabemos si la gente vivió allí de forma permanente, ni cómo, y queremos centrarnos en eso. Algunas personas pudieron ser sedentarias, quedándose en Aguada Fénix para observar el sol y las estrellas, pero muchas otras quizás solo vinieron a ayudar en la construcción y a participar en una ceremonia y luego se marcharon."



Esas personas móviles podrían haber venido a Aguada Fénix durante la estación seca, como un lugar de reunión y adoración.



"Hemos estado buscando posibles casas, y realizamos varias excavaciones en diferentes puntos cerca de la plataforma con ese objetivo", dice la coautora Melina García, de la Universidad Nacional Autónoma de México.



"Encontramos mucha basura, que podría provenir de personas que viven en casas o de banquetes celebrados durante rituales, como cerámica, huesos y conchas de animales", añade.



Los investigadores sugieren que líderes comunitarios con habilidades y conocimientos especializados probablemente vivían allí durante todo el año para realizar observaciones astronómicas. Estos líderes también podrían haber persuadido a la gente para que viniera a construir las estructuras y a participar en rituales. También pudieron haber sido esenciales para adquirir los objetos, como los adornos de piedra verde y pigmentos, para colocar en los depósitos rituales.



Estos líderes eran respetados por la gente como poseedores de conocimientos astronómicos y de otro tipo esotérico. Así, finalmente se convirtieron en el prototipo de futuros gobernantes mayas, que eran vistos como la encarnación de órdenes universales.



Aún quedan muchas preguntas, pero una cosa está clara: Aguada Fénix fue un proyecto ambicioso, y el lugar se utilizó durante un periodo relativamente corto de aproximadamente 350 años. Estos hallazgos nos ayudan a comprender los notables esfuerzos y hazañas que lograron esos primeros pueblos, y arrojan luz sobre un periodo incierto de la historia mesoamericana.
SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).- Los investigadores podrían disponer de una nueva herramienta en la lucha para proteger a las ranas neotropicales de la extinción, gracias a los datos climáticos.

En un estudio publicado recientemente en la revista Diversity and Distributions, investigadores del Instituto Nacional de Biología de la Conservación y el Zoológico del Smithsonian (NZCBI) y del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) crearon un mapa de alta resolución de Panamá que muestra cómo una enfermedad mortal que afecta a los anfibios se propagó por Panamá durante un periodo de 13 años.

Pero los datos también proporcionan información sobre dónde es más peligrosa la enfermedad y muestran las regiones que pueden ser refugios para las ranas reintroducidas y criadas en cautiverio.



Desde su primera descripción científica en el año 2000, el hongo quítrido Batrachochytrium dendrobatidis (Bd), causante de la mortal enfermedad quítridomicosis en los anfibios, ha devastado las poblaciones de anfibios en América Central y del Sur. Se cree que el quítrido se originó en Asia y desde entonces se ha propagado a muchas partes del mundo. Solo en Panamá, la enfermedad es responsable de la extinción de nueve especies de ranas.



Al igual que otros hongos, el quítrido necesita un entorno fresco y húmedo para prosperar. En condiciones favorables para el quítrido, los brotes de la enfermedad pueden diezmar las poblaciones de ranas. Sin embargo, los científicos han descubierto que el hongo no puede prosperar cuando la temperatura es demasiado alta o el aire es demasiado seco. Aunque la enfermedad se ha extendido por todo el territorio continental de Panamá, el equipo se preguntó si los parámetros climáticos podrían crear una oportunidad para encontrar zonas en las que la quítridomicosis fuera menos letal.



Al combinar datos satelitales con 13 años de modelos atmosféricos, los investigadores crearon un mapa diario de temperatura y humedad de ultra alta resolución para el país. Lo combinaron con un segundo conjunto de datos de más de 4,900 muestras de enfermedades tomadas en 314 sitios de Panamá. El segundo conjunto de datos rastreó la cantidad de hongos presentes en cada rana, conocida como carga fúngica, durante 13 años. Al superponerlos, los dos conjuntos de datos proporcionaron una imagen clara de cuándo y dónde la quítridomicosis era más intensa. Las zonas más elevadas seguían siendo más propicias para los hongos, pero las estaciones lluviosas traían condiciones favorables para el quítrido a las tierras bajas y provocaban oleadas de brotes.



“Al recopilar los datos obtenidos con tanto esfuerzo por muchos investigadores de anfibios, hemos podido trazar un panorama detallado y sin precedentes de la intensidad del Bd en Panamá a lo largo del tiempo y el espacio”, afirmó Carrie Lewis, estudiante de doctorado del Departamento de Geografía y Ciencias de la Geoinformación de la Universidad George Mason, que dirigió el estudio. “Espero que podamos utilizar esta información detallada para orientar las medidas de conservación de una manera más precisa”.



Aunque la quítridomicosis ha devastado las poblaciones de anfibios, la presencia del hongo quítrido por sí sola no es una sentencia de muerte. Conscientes de ello, el equipo de investigación creó tres modelos: uno que mostraba la presencia del hongo; otro de “intensidad media”, que los investigadores consideran un indicador de infección grave; y un tercero de “alta intensidad”, que los investigadores asociaron con brotes significativos de la enfermedad. Los investigadores descubrieron que, al examinar las condiciones meteorológicas de los 15 días anteriores al muestreo, podían predecir la presencia y la intensidad del hongo quítrido.



Al trazar la trayectoria y la intensidad de la quítridomicosis, quedó claro que la enfermedad prospera en las regiones montañosas, que tienden a ser más frías y húmedas que las zonas bajas. Con este conocimiento, los investigadores podrían identificar refugios climáticos, es decir, zonas menos propicias para la quítridomicosis, donde las ranas podrían tener alguna posibilidad de luchar contra el hongo.



“La capacidad de identificar lugares donde las ranas podrían sobrevivir al quítrido es fundamental por dos razones”, afirma Brian Gratwicke, biólogo del NZCBI y autor principal del estudio. “En primer lugar, nos permite buscar ranas en aquellas zonas que podrían haber desarrollado resistencia al hongo. En segundo lugar, esas mismas zonas podrían ser lugares donde podamos reintroducir en la naturaleza ranas criadas en cautiverio. Ambos aspectos podrían suponer un punto de inflexión significativo en la lucha contra la quítridomicosis”.



Desde el 2009, el Proyecto de Rescate y Conservación de Anfibios de Panamá, con sede en Gamboa (Panamá), ha criado 12 especies de ranas, todas ellas en peligro de extinción. Tras años de cría exitosa, ahora hay suficientes animales para iniciar los esfuerzos de reintroducción en la naturaleza. A medida que los investigadores trabajan en los ensayos de reintroducción de especies panameñas en peligro, estos modelos de predicción serán cruciales para determinar cuándo y dónde deben realizarse los ensayos.



Esta colaboración entre 18 coautores ha sido financiada en parte por la National Science Foundation, la German Science Foundation y el Bezos Earth Fund a través de la Iniciativa para la Investigación de Anfibios Tropicales.
SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).- Los beneficios que aportan los arrecifes de coral a la sociedad —entre ellos, la pesca, el turismo, la protección costera, el descubrimiento de fármacos y otros— se estiman en unos 9.8 billones de dólares al año. Por primera vez, un equipo internacional en el que participaban investigadores del Smithsonian estimó el alcance del blanqueamiento de los corales en todo el mundo durante una ola de calor marina global y descubrió que la mitad de los arrecifes del mundo sufrieron daños importantes. En el 2023 inició otra ola de calor que aún continúa.



Se necesitan dos socios para formar un coral: un pequeño animal relacionado con las medusas que secreta la estructura dura del coral y unas algas aún más pequeñas que convierten la luz solar en la energía que el animal necesita para vivir. El blanqueamiento se produce bajo estrés térmico, cuando la asociación se rompe y el coral pierde sus simbiontes algales —su fuente de energía— y se vuelve blanco. El blanqueamiento provoca una reducción del crecimiento, una menor reproducción e incluso la muerte cuando es especialmente grave o prolongado.



Para obtener su estimación del alcance de los daños causados a los arrecifes por el ‘Tercer Evento Global de Blanqueamiento de Corales’ (2014 al 2017), un equipo internacional formado por docenas de países de todo el mundo, liderado por investigadores del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI), la Universidad James Cook de Australia y el antiguo director de Coral Reef Watch de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) de Estados Unidos, combinó imágenes satelitales de la temperatura del agua oceánica del sistema Coral Reef Watch con observaciones de arrecifes obtenidas mediante estudios submarinos y aéreos en distintas partes del mundo.



“Este es el análisis geográficamente más amplio de los estudios sobre el blanqueamiento de corales realizado hasta ahora”, afirmó Sean Connolly, científico sénior del Smithsonian. “Casi 200 coautores de 143 instituciones de 41 países y territorios contribuyeron con datos”.



En más de 15,000 estudios de arrecifes, el 80 % de los arrecifes experimentó blanqueamiento moderado o mayor, y el 35 % de los arrecifes presentó mortalidad moderada o mayor. Tras calibrar la relación entre el estrés térmico y el daño a los corales en los sitios estudiados, el equipo utilizó medidas de estrés térmico obtenidas por satélite para estimar el grado de blanqueamiento que se produjo en los arrecifes de todo el mundo, incluidos los que no fueron estudiados. El equipo estimó que más del 50 % de los arrecifes de coral de todo el mundo sufrieron un blanqueamiento significativo y el 15 % experimentaron una mortalidad significativa.



El declive global de los arrecifes de coral afecta a muchos de los servicios que estos proporcionan, como el turismo y el suministro de alimentos.



El primer autor, C. Mark Eakin, exdirector de NOAA Coral Reef Watch y asesor científico jefe del documental de Netflix Chasing Coral, afirmó que “los niveles de estrés térmico fueron tan extremos durante este evento que Coral Reef Watch tuvo que crear nuevos niveles de alerta de blanqueamiento más altos que no habían sido necesarios en eventos anteriores”.



“Aproximadamente la mitad de los arrecifes afectados por el estrés térmico a niveles de blanqueamiento se vieron expuestos dos o más veces durante el evento que duró tres años, a menudo con consecuencias devastadoras. Eso incluyó eventos consecutivos en la Gran Barrera de Coral de Australia”, añadió Scott Heron, de la Universidad James Cook. “Desde entonces, allí se han registrado otros tres eventos de blanqueamiento. Estamos viendo que los arrecifes no tienen tiempo para recuperarse adecuadamente antes de que se produzca el siguiente evento de blanqueamiento”.



En los últimos 30 años, la Tierra ha perdido el 50 % de los corales porque los océanos absorben la mayor parte del calor que generamos al quemar combustibles fósiles. Si los océanos no absorbieran el calor, la temperatura del aire rondaría los 50 °C (122 °F). Los datos de todo el mundo muestran que ahora nos encontramos en el cuarto evento de blanqueamiento coralino global.



“Nuestros resultados muestran que el tercer evento de blanqueamiento global fue, con diferencia, el más grave y extendido de los registrados”, afirmó Connolly. “Sin embargo, los arrecifes están sufriendo actualmente un cuarto evento aún más grave, que inició a principios del 2023”.



“Las economías locales, regionales y globales dependen en gran medida de la salud de los sistemas naturales, como los arrecifes de coral, pero a menudo los damos por sentado”, afirmó Joshua Tewksbury, director del STRI. “Es fundamental que las comunidades científicas trabajen juntas, como lo ha hecho este equipo global, para seguir de cerca cómo están cambiando estos sistemas críticos. Para hacerlo de forma rigurosa y a gran escala, es necesario conectar distintas regiones y combinar tecnologías: desde satélites de observación de la Tierra hasta estudios submarinos que calibran los datos obtenidos desde el espacio y revelan la magnitud de los daños”.
SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).- Un estudio pionero realizado por científicos del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) y colegas ingenieros de la Universidad Tecnológica de Panamá ha revelado nuevos datos sobre los movimientos, el uso del hábitat y las necesidades de conservación del manatí del Gran Caribe (Trichechus manatus manatus), en peligro de extinción, a lo largo de las costas caribeñas de Panamá y Costa Rica.

Con menos de 2,500 individuos maduros restantes y una disminución prevista de la población del 20 % en las próximas dos generaciones, esta subespecie se enfrenta a amenazas crecientes debido a la degradación del hábitat, las colisiones con embarcaciones, la caza furtiva y el enredo en las redes de pesca.

Estos gentiles herbívoros, conocidos como ingenieros del ecosistema, dependen de los pastos marinos, las plantas acuáticas, los manantiales de agua dulce y las lagunas de los humedales para alimentarse y refugiarse. A pesar de su importancia ecosistémica, la ecología de los manatíes en el sur de América Central sigue siendo poco conocida.



Desde el 2015, los investigadores han utilizado el monitoreo acústico pasivo para identificar manatíes individuales a partir de sus vocalizaciones. El estudio registró 1,012 vocalizaciones en Panamá y 343 en Costa Rica, identificando 61 individuos presuntos en Panamá y 49 en Costa Rica. Se detectaron nueve manatíes en ambos países, que recorrieron aproximadamente 200 kilómetros entre ambos lugares. Estos movimientos coincidieron con variables ambientales estacionales de la región.



El tiempo medio de permanencia fue de 1,059 días en Panamá y de 292 días en Costa Rica, y algunos individuos permanecieron en los complejos de humedales hasta 3,026 y 1,160 días, respectivamente. Estas estancias prolongadas sugieren una gran fidelidad al lugar y ponen de relieve la importancia de los humedales como hábitats críticos para la reproducción y la alimentación.



En Costa Rica, las detecciones constantes, especialmente en las estaciones establecidas para la investigación, indican un uso estable del hábitat en zonas con precipitaciones durante todo el año y una mínima perturbación humana. Por el contrario, Panamá mostró patrones de detección esporádicos, con una residencia variable y sin tendencias estacionales claras. Todos los manatíes registrados salieron de Panamá por el río Changuinola y entraron en Costa Rica por el sector norte de Barra del Colorado o por la región sur de Tortuguero-Pacuare.



Para monitorear la presencia y el movimiento de los manatíes, los investigadores instalaron equipos de monitoreo acústico pasivo en múltiples humedales y sitios costeros de Panamá y Costa Rica entre el 2015 y el 2024. Estas grabadoras submarinas o hidrófonos captaron las vocalizaciones de los manatíes —sonidos distintivos como chillidos y chillidos agudos— que permitieron a los científicos identificar a cada animal sin necesidad de avistamientos visuales ni de marcajes físicos. “Un solo manatí puede emitir vocalizaciones con variaciones significativas, y diferentes individuos pueden compartir rangos de frecuencia similares. Esto hace que distinguirlos sea un reto científico. Para superarlo, utilizamos técnicas de inteligencia artificial que identifican patrones en grandes conjuntos de datos. Una de ellas es PaCMAP, que significa ‘aproximación y proyección controlada por pares’, y otra es HDBSCAN, ‘agrupamiento espacial jerárquico basado en la densidad de aplicaciones con ruido’, explicó el ingeniero Fernando Merchan, coautor de la investigación.



Cada vocalización se analizó mediante algoritmos especializados que detectan características acústicas únicas, como la frecuencia, la duración y el contorno de la llamada. Estas características se utilizaron para estimar el número de individuos, rastrear su presencia a lo largo del tiempo e identificar los movimientos transfronterizos.



Los investigadores clasificaron los llamados en tipos específicos y aplicaron criterios de validación para compararlos con las vocalizaciones registradas en ambos países. Este enfoque permitió identificar nueve manatíes que viajaban entre Panamá y Costa Rica, recorriendo distancias de hasta 200 kilómetros. “Esto fue una sorpresa que sospechábamos, la conectividad, pero nunca se había demostrado antes. Esto nos anima a continuar con la ecología del movimiento”, comentó el biólogo y científico de STRI Héctor M. Guzmán, autor principal y líder de la investigación.



Además de los datos acústicos, el equipo utilizó herramientas de teledetección para correlacionar los movimientos de los manatíes con factores ambientales como las precipitaciones, el nivel del mar y la temperatura del agua. Estos datos ayudaron a explicar los patrones migratorios estacionales y las preferencias de hábitat.



El estudio también incorporó datos genéticos de investigaciones anteriores y información reciente sobre variables ambientales para evaluar la conectividad de la población y respaldar el corredor de conservación propuesto. “Descubrimos que los movimientos de los manatíes hacia el norte coinciden con períodos de mayor precipitación, temperaturas del aire más cálidas y niveles del mar más bajos. Estos patrones sugieren una fuerte interacción entre la dinámica atmosférica estacional y el uso del hábitat. Esto nos permitiría predecir sus movimientos y orientar las estrategias de conservación que garantizan la conectividad ecológica estacional”, afirmó la oceanógrafa de STRI y coautora Rocío Estévez.



Para apoyar la conservación a largo plazo, los investigadores proponen un corredor binacional de 984 kilómetros que abarca 2631 km² de ecosistemas marinos costeros y humedales: 220 km en Costa Rica y 764 km en Panamá. El corredor incluye 18 áreas protegidas y cuatro sitios Ramsar: Humedal Caribe Noreste y Gandoca-Manzanillo en Costa Rica, y San San-Pond Sak y Damani-Guariviara en Panamá. Abarca más de 57 ríos que alcanzan la isóbata de 20 metros y se alinea con los patrones de residencia y movimiento observados. “Es común escuchar a los responsables de la toma de decisiones decir que necesitan información científica para la gestión de los recursos naturales, y aquí la tienen. Sin embargo, cuando presentamos un Acuerdo Binacional para la Protección de los Manatíes a los ministros de medio ambiente de ambos países, solo Panamá mostró interés”, comentó Guzmán.



Las investigaciones en curso incluyen el uso de ADN ambiental y telemetría satelital para estudiar el uso del hábitat y los movimientos a gran escala con alta resolución espacial, así como modelos acústicos de captura y recaptura para estimar el tamaño de la población basándose en categorías de vocalización.



Este estudio supone un gran avance en la comprensión de la ecología del manatí en América Central y subraya la urgencia de políticas coordinadas y estrategias de conservación transfronterizas para proteger a esta especie en peligro de extinción y los ecosistemas de los que depende.



Financiación

Esta investigación ha sido financiada por la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (SENACYT-Panamá) a través de las subvenciones FID18-76, FID21-90 y FID23-106; la Fundación MarViva de Costa Rica; la Fundación Blue Marine; y el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI). El Sistema Nacional de Investigación (SNI-SENACYT) proporcionó apoyo adicional para las actividades de investigación.
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