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ENMAYÚSCULA, (SMITHSONIAN).- Los científicos construyeron un robot para ayudar a explicar cómo un murciélago tropical detecta los insectos posados en las hojas utilizando la ecolocalización, un comportamiento muy sofisticado que requiere una toma de decisiones precisa y en fracciones de segundo por parte del murciélago cazador.

En un estudio publicado en la revista Journal of Experimental Biology, una investigadora de murciélagos del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) se asoció con dos ingenieros robóticos de la Universidad de Cincinnati y la Universidad de Amberes, respectivamente, para ofrecer la primera explicación plausible de cómo el murciélago común de orejas negras (Micronycteris microtis) puede determinar de manera eficiente si una hoja está ocupada por un insecto silencioso en medio del denso y desordenado sotobosque de la selva tropical utilizando solo el sonido.



La coautora Inga Geipel, investigadora asociada del STRI, sugirió anteriormente que M. microtis detecta presas silenciosas escaneando las hojas con sonido desde un ángulo, de forma similar a como un humano mira un espejo desde un lado, y escuchando el eco que indica que hay una presa. Si la hoja está desocupada, los sonidos del murciélago rebotarán en la hoja y se alejarán del murciélago, y este no escuchará ningún eco. Si la hoja está ocupada por una presa, la mayor parte del eco se reflejará lejos del murciélago, pero parte de él rebotará en la presa y volverá al murciélago, lo que le indicará que ha encontrado su alimento.



Pero la teoría de Geipel sugiere que, para que el murciélago sepa el ángulo en el que debe acercarse a una hoja para poder detectar a su presa, primero necesita conocer la orientación y la posición de cada hoja. Sin embargo, realizar esas mediciones le costaría al murciélago mucho tiempo y energía, por lo que los investigadores propusieron que los murciélagos pueden enfocar las hojas interesantes simplemente aprovechando la estabilidad de los ecos que provienen de sus presas posadas sobre ellas.



“Siempre me ha sorprendido cómo estos pequeños animales no solo son capaces de orientarse en la compleja maraña del sotobosque en completa oscuridad, sino también cómo encuentran y capturan diminutos insectos con una precisión increíble, utilizando sus propios sonidos”, afirma Geipel. “Aún así, solo tenemos un conocimiento limitado de cómo cazan los murciélagos en este entorno tan concurrido, y nuestro estudio ayuda a explicar cómo son capaces de llevar a cabo esta difícil tarea.”



Utilizando un robot para modelar el comportamiento de búsqueda de alimento

Para modelar la técnica hipotética de búsqueda de alimento de los murciélagos, el equipo de investigación construyó un robot y lo programó para que emitiera señales ultrasónicas y siguiera los ecos de las hojas de cartón, sin medir el tamaño ni la orientación de las hojas. El robot exploró aleatoriamente un conjunto de estas hojas modelo, una de las cuales tenía una libélula falsa, hasta que detectó un eco y se movió en la dirección del eco. Si el eco se debilitaba demasiado, lo que en la naturaleza indicaría que la hoja está desocupada, el robot seguía adelante.



“Los experimentos conductuales ya habían sugerido cómo estos murciélagos podrían resolver el problema de encontrar hojas ocupadas por presas, pero queríamos saber si esa explicación era realmente suficiente para que el comportamiento funcionara”, afirmó Dieter Vanderelst, autor principal del artículo y profesor asociado de biología, ingeniería mecánica e ingeniería eléctrica en la Universidad de Cincinnati. “Al incorporar la estrategia hipotética de búsqueda de alimento del murciélago en un robot y probarla en el mundo físico, nos preguntamos si una solución simple y elegante puede tener éxito en condiciones acústicas complejas.”



Utilizando el algoritmo descrito, el robot fue capaz de distinguir entre las hojas ocupadas por el modelo de libélula y las hojas vacías. Detectó con éxito a la libélula el 98 % de las veces y solo el 18 % de las veces señaló erróneamente la presencia de presas en hojas desocupadas. A medida que barría las hojas, el robot recopilaba datos que demostraban cómo hacía la distinción: si una hoja estaba desocupada, el volumen del eco alcanzaba su máximo y descendía rápidamente a medida que el robot se acercaba a la hoja lisa desde diferentes ángulos, mientras que una hoja ocupada producía ecos estables independientemente del ángulo, ya que el insecto tridimensional reflejaba el eco en muchas direcciones distintas. El robot era más preciso cuando se acercaba a la hoja desde los ángulos en los que estos murciélagos suelen acercarse a las hojas en la naturaleza. Este modelo demuestra que los murciélagos podían detectar a sus presas utilizando una hoja como espejo sin tener que determinar primero la posición y la orientación de la hoja.



“Lo que más me fascina es que, al volar a una altura bien elegida, los murciélagos pueden utilizar las hojas como espejos para centrar automáticamente su atención en aquellas hojas que les interesan”, afirma Herbert Peremans, autor principal del estudio y profesor de robótica en la Universidad de Amberes. “Este ejemplo muestra claramente que la naturaleza no desarrolla componentes, sino sistemas. Es la interacción dinámica entre el murciélago y el entorno, a través del SONAR, lo que hace que este comportamiento de caza funcione.”

Estos datos amplían la comprensión de cómo M. microtis y otros murciélagos que capturan presas en superficies pueden alimentarse de manera tan eficiente. El método que utilizan para escanear las hojas en busca de presas podría ayudar a diseñar nuevos sistemas SONAR para su uso en la agricultura, como la detección de frutos en los árboles o plagas en los cultivos, diseños que traducen la eficiencia alimentaria de los murciélagos en eficiencia en la producción de alimentos para los seres humanos y otros animales.
ENMAYUSCULA, (INSTITUTO SMITHSONIAN).- Con el compromiso de destacar los avances científicos y el impacto ambiental positivo del Proyecto Agua Salud, el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) inaugura en el Centro Natural Punta Culebra, localizado en la calzada de Amador, una exhibición exclusiva basada en esta importante iniciativa, presentando una oportunidad única para adentrarse en el fascinante mundo de la investigación sobre la reforestación y su importancia en las cuencas hidrográficas.

Agua Salud es el mayor experimento de seguimiento a largo plazo a escala de paisaje destinado a comprender cómo el uso de la tierra afecta el manejo del agua, el almacenaje del carbono y la conservación de la biodiversidad tropical, además de los efectos del cambio ambiental en nuestros recursos terrestres e hídricos. Su objetivo es ampliarlo desde Panamá a escala mundial.

“Este proyecto no solo estudia cómo regenerar los bosques, sino cómo hacerlo de manera inteligente: eligiendo la especie correcta, en el lugar preciso, en el momento adecuado y por la razón acertada,” Comentó Jefferson Hall, científico del Smithsonian y director del Proyecto Agua Salud.

La exhibición ilustra cómo la investigación llevada a cabo en Agua Salud arroja luz sobre la interconexión entre bosques, agua y bienestar humano, y cómo sus descubrimientos están transformando las prácticas de manejo de recursos naturales a nivel mundial, además, se presentarán paneles interactivos y videos.

“Gracias a esta investigación, ahora entendemos mejor la conexión entre los árboles, el suelo y el agua, y cómo una gestión adecuada del uso de la tierra puede beneficiar tanto a la naturaleza como a las personas. También nos recuerda que la reforestación no se trata solo de sembrar árboles, sino de restaurar servicios vitales como la biodiversidad, la captura de carbono y el agua limpia,” Comentó Joshua Tewksbury, director del Smithsonian en Panamá.

Esta exhibición fue hecha posible con el apoyo de la Iniciativa Adrienne Arsht de Soluciones Comunitarias de Resiliencia, The Hoch Family, the Levinson Family, Stanley Motta y la Fundación Alberto Motta, y el Banco HSBC.

El Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, en ciudad de Panamá, Panamá, es una unidad de la Institución Smithsonian. El Instituto promueve la comprensión de la naturaleza tropical y su importancia para el bienestar de la humanidad, capacita estudiantes para llevar a cabo investigaciones en los trópicos, y fomenta la conservación mediante la concienciación pública sobre la belleza e importancia de los ecosistemas tropicales.

SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).- Un equipo de investigadores del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) está digitalizando imágenes de polen de más de 18,000 especies de plantas tropicales.

Estas imágenes se están utilizando para entrenar un modelo de aprendizaje automático para identificar granos de polen, una tarea que normalmente requiere cientos de horas de trabajo con microscopios por parte de expertos. Las imágenes también permitirán realizar una amplia gama de nuevos análisis de polen. La base de datos, llamada PollenGEO, estará disponible gratuitamente en línea.

La colección de polen del Smithsonian, que se encuentra en el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) y en el Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian (NMNH), contiene más de 18,000 especies, lo que la convierte en una de las colecciones de polen más grandes del mundo.

Las bases de datos de referencia de polen, como PollenGEO, podrían desempeñar una gran variedad de funciones en muchos ámbitos de la ciencia y la medicina. Por ejemplo, la identificación rápida y precisa del polen puede ayudar a diagnosticar una alergia al polen, determinar el origen de la ropa encontrada en una escena de crimen, investigar cómo respondieron los bosques antiguos al cambio climático y datar los depósitos de hidrocarburos.

El valor del polen en la paleontología se deriva de su durabilidad: algunos granos de polen pueden durar cientos de millones de años, lo que ofrece una ventana a la historia de la Tierra precisa tanto en el tiempo como en el espacio. Además, el polen de cada especie vegetal es único y distinto del de otras especies.



Anteriormente, los especialistas identificaban los granos de polen uno por uno bajo el microscopio utilizando manuales ilustrados como referencia. Este proceso requiere mucho tiempo y puede resultar especialmente difícil en los trópicos, donde hay miles de especies de plantas, muchas de ellas aún sin identificar. También es difícil identificar el polen en capas rocosas antiguas, ya que muchas de las especies de plantas que lo produjeron están extintas.



Para resolver estos retos, más de 30 investigadores y estudiantes de STRI, dirigidos por el palinólogo Carlos Jaramillo, están digitalizando toda la colección palinológica del Smithsonian: subiendo más de 40 millones de fotos de granos de polen de especies vegetales conocidas para crear una enorme base de datos. Este conjunto de datos se utilizará para entrenar modelos de inteligencia artificial que ayuden a identificar el polen.



La mayoría de las muestras proceden de la Colección Palinológica Graham, donada a STRI en el 2008, que contiene alrededor de 18,000 especies de polen, en su mayoría tropical, en más de 23,000 portaobjetos de microscopio, cada uno de ellos acompañado de una ficha que describe la muestra. Un ejército de unos 100 voluntarios que trabajan en el Centro de Transcripción del Smithsonian ayudó a copiar la información de las fichas a la base de datos. La colección también incluye la colección Joan Nowicke, la colección de Isla Barro Colorado de Dave Roubik y Enrique Moreno, la colección del Amazonas de Paul Collinvaux y la colección Sian Ka'an, que contiene 650 especies del sureste de México. Además, se han escaneado aproximadamente 1,000 muestras de polen fósil de las colecciones del NMNH en Washington, D.C.



El entrenamiento de un modelo de IA para utilizar esta enorme base de datos con el fin de identificar muestras requirió la colaboración de expertos en diversos campos, desde la botánica hasta la informática. La profesora asociada Surangi Punyasena, de la Universidad de Illinois Urbana-Champaign, está construyendo el entorno de inteligencia artificial. El equipo de Jaramillo forma parte del proyecto Trans-Amazon Drilling, un proyecto a gran escala que utiliza el polen de los núcleos de perforación de toda la Amazonía para comprender la historia del bosque. Este proyecto incluye a investigadores de varias instituciones, como la Universidad Federal de Mato Grosso y la Universidad Federal de Acre en Brasil, además del Open University. La disponibilidad de PollenGEO y otras bases de datos de polen en línea transformará la identificación del polen de una actividad solitaria detrás de un microscopio a un proceso digital y universalmente accesible. Andrés Díaz, coordinador de PollenGEO presentó un seminario web sobre el proceso de digitalización de 40 millones de imágenes de polen.



La financiación de este trabajo provino de la Institución Smithsonian, la Anders Foundation, Gregory D y Jennifer Walston Johnson, el Fondo 1923, la Dotación Rubinoff Big Bet, el Smithsonian Women’s Committee y el Smithsonian Life on a Sustainable Planet Pathfinder.



El Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, en ciudad de Panamá, Panamá, es una unidad de la Institución Smithsonian. El Instituto promueve la comprensión de la naturaleza tropical y su importancia para el bienestar de la humanidad, capacita estudiantes para llevar a cabo investigaciones en los trópicos, y fomenta la conservación mediante la concienciación pública sobre la belleza e importancia de los ecosistemas tropicales. Para más información refiérase a nuestro Video Institucional y visite nuestra página web. Síguenos también en redes sociales: Facebook, Twitter e Instagram.

SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).-Las mariposas Morpho azules han cautivado el ojo humano durante siglos: ¡incluso tenemos una como emoji en nuestros teléfonos! En un experimento reciente, investigadores del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) documentaron por primera vez que las altas temperaturas durante la etapa de la pupa pueden reducir el brillo de su iridiscencia.

A temperaturas elevadas, como las proyectadas en futuros escenarios de calentamiento, las estructuras responsables de su color iridiscente podrían cambiar lo suficiente como para que sus depredadores comunes, como las aves, y otras mariposas de la misma especie probablemente perciban el cambio de color. Los científicos publicaron sus resultados recientemente en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences Nexus.

Los científicos expusieron pupas, la etapa de la metamorfosis previa a la adultez, de Morpho helenor a tres categorías diferentes de temperatura: una temperatura tropical promedio, propia del ambiente donde normalmente viven estas mariposas; una temperatura templada, que simulaba las condiciones de zonas templadas; y temperaturas altas, como las predichas por el cambio climático.

En concordancia con otros estudios, encontraron que las temperaturas templadas y altas prolongan el tiempo que las mariposas pasan como pupas. Además, a temperaturas altas, las pupas murieron con mayor frecuencia. También encontraron que las mariposas Morpho adultas expuestas a altas temperaturas durante su etapa de pupa tenían colores más opacos, y que depredadores comunes, como las aves, y otras mariposas de la misma especie podían detectar este cambio de color. Aún se desconocen los efectos que este cambio podría tener sobre los depredadores o las posibles parejas. Como la iridiscencia podría confundir a los depredadores, las mariposas con colores más opacos podrían ser más susceptibles a la depredación o resultar menos atractivas para posibles parejas.

“Demostramos que los animales iridiscentes son susceptibles a las condiciones ambientales en las que se desarrollan. Bajo un clima cada vez más cálido, el color de algunos de nuestros animales iridiscentes favoritos puede alterarse y el brillo de sus despliegues iridiscentes puede disminuir”, explicó Juliette Rubin, autora principal del estudio y becaria del STRI.

El color azul iridiscente que vemos en las mariposas Morpho no proviene de pigmentos. Se produce gracias a estructuras diminutas que poseen crestas presentes en las escamas de sus alas, llamadas nanoestructuras. El color azul que vemos es producto de cómo estas estructuras microscópicas reflejan la luz. “Las escamas de estas mariposas son como las tejas superpuestas de un techo. El cambio de color que encontramos en los adultos después de exponer las pupas a altas temperaturas puede explicarse, en parte, porque disminuyó la distancia entre las nanoestructuras, reduciendo el ancho de toda la escama”, explicó Rubin. “Esto probablemente hizo que las escamas se superpusieran menos”.

Los resultados de este estudio podrían ayudar a predecir los efectos del aumento de las temperaturas durante el desarrollo de distintos animales. En general, la flexibilidad de estas diminutas estructuras es sorprendente y revela cómo incluso los diseños más pequeños de la naturaleza pueden responder a un clima cambiante.

“Este estudio no habría sido posible sin las instalaciones y laboratorios del STRI, ubicados dentro de la distribución tropical natural de estas deslumbrantes mariposas, lo que nos brindó una oportunidad única para realizar nuestros experimentos. El STRI también nos dio la posibilidad de trabajar con becarios y pasantes de varios países, creando un equipo colaborativo de científicos curiosos”, añadió Rubin.

Acerca de Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales

El Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, en ciudad de Panamá, Panamá, es una unidad de la Institución Smithsonian. El Instituto promueve la comprensión de la naturaleza tropical y su importancia para el bienestar de la humanidad, capacita estudiantes para llevar a cabo investigaciones en los trópicos, y fomenta la conservación mediante la concienciación pública sobre la belleza e importancia de los ecosistemas tropicales.

SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).- Un gran montículo que parecía una colina natural en el estado de Tabasco, en el suroeste de México, resultó ser la mayor construcción prehispánica en la zona maya hasta la fecha.



Llamada Aguada Fénix, la construcción, así como una serie de canales, caminos y una presa construida en la orilla de una laguna, fue localizada por primera vez por investigadores en 2017 mientras buscaban indicios de asentamientos prehispánicos en la zona, convencionalmente llamada planicies o tierras bajas mayas occidentales, donde se han encontrado otros yacimientos mayas.



Liderado por los profesores de antropología Takeshi Inomata y Daniela Triadan de la Universidad de Arizona, el equipo de arqueólogos fue el primero en utilizar LiDAR para examinar el yacimiento. Tras dos años de excavaciones y análisis, obtuvieron una mejor imagen de la magnitud de la construcción: entre 10 y 15 metros de altura (aproximadamente la altura de un edificio de cuatro o cinco plantas), 1,400 metros de largo y 400 metros de ancho, es por lejos la mayor construcción maya encontrada hasta la fecha. La datación por radiocarbono estima que fue construida y renovada entre 1050 y 700 a.C.



"Estudiar un área de esta extensión era impensable hasta hace unos años", dijo Inomata cuando publicó por primera vez los hallazgos de Aguada Fénix en 2020. "El LiDAR está transformando la arqueología."



Este descubrimiento planteó más preguntas sobre el origen de esta civilización mesoamericana, que se extendió por el sur de México, Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador. También aporta pruebas de que los mayas pudieron haber sido contemporáneos de la civilización olmeca; Aguada Fénix se encuentra en una zona cercana a la región olmeca, y presenta características similares a otros yacimientos olmecas, como San Lorenzo, en Veracruz, México.



"Siempre ha habido muchos debates sobre si la civilización maya se desarrolló individualmente o con influencia olmeca", dice Inomata.



Entonces, ¿para qué se construyó Aguada Fénix? ¿Y quién la usó?



En un artículo reciente, Landscape-wide cosmogram built by the early community of Aguada Fénix in southwest Mexico, publicado en Science Advances, los investigadores entran a lo profundo del centro del sitio para conocer sus propósitos.



Hasta hace poco, se creía que los mayas construían grandes monumentos para sus élites y jefes gobernantes, pero Aguada Fénix parecía haber sido diseñado como un cosmograma, probablemente construido por la comunidad para celebrar eventos y rituales públicos.



"Un cosmograma es una representación del orden del universo, incluyendo el espacio y el tiempo", explica Inomata. "Lo vemos así porque el sitio está diseñado en función de dos ejes que se cruzan en las direcciones norte, sur, este y oeste."



El eje este-oeste del lugar se alinea con la dirección de los amaneceres del 17 y 24 de febrero, que están separados por 130 días, la mitad del ciclo de 260 días del calendario ritual mesoamericano. Esto indica que el lugar se utilizaba como lugar ritual durante días importantes del calendario maya.



"En el complejo central, los especialistas rituales que se situaban en el montículo occidental podían trazar las direcciones de los amaneceres sobre el edificio largo oriental durante todo el año", dijo la coautora Ashley Sharpe, arqueóloga del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) quien estudia la historia de pueblos y culturas en América.



En la plaza entre el montículo occidental y el edificio largo oriental, los investigadores encontraron un pozo con forma de cruz, que los constructores cortaron en la meseta principal o plataforma, para ser utilizado para depósitos rituales.



"Este pozo en el centro de la plataforma es muy grande, y aunque también hay fosas en forma de cruz en otros lugares, esta es la más grande", señala Inomata.



"Excavamos en la meseta principal, bajando hasta una profundidad de ocho metros, lo que nos ayudó a entender mucho sobre esta plataforma con respecto a las técnicas de construcción y secuencia, lo cual nos llevó a preguntarnos cómo la gente se organizaba para llevar a cabo este proyecto comunitario", dijo la coautora Verónica Vázquez López, arqueóloga mexicana del Instituto de Arqueología del University College London, que trabaja en Aguada Fénix desde 2018.



Además de la gran fosa cruciforme, la plaza contenía múltiples escondites, agujeros o cavidades hechos para colocar objetos para un ritual y luego enterrados para ser ocultados. Estos escondites muestran que la gente realizaba rituales repetidamente en este lugar. Los objetos encontrados en estos depósitos variaban desde objetos de arcilla con forma de hacha, hachas de jade, recipientes de cerámica y adornos de piedra verde con formas de cocodrilo, ave y mujer humana dando a luz.



En el fondo mismo del pozo cruciforme, los arqueólogos encontraron otro pozo más pequeño, también con forma de cruz, excavado en el lecho de roca. Contenía tres pigmentos de colores y otros objetos dispuestos para coincidir con los puntos cardinales, el simbolismo direccional de color más antiguo conocido en Mesoamérica.



"La forma de la cruz y los colores son importantes en muchos de los grupos nativos americanos", dice Sharpe. "En un periodo posterior, cada color solía asociarse a un punto cardinal específico, pero en este caso los colores eran diferentes."



Los mayas posteriores usaron blanco para representar el norte, rojo para el este, amarillo para el sur y negro para el oeste. En Aguada Fénix, se encontró un pigmento azul de azurita en el norte, pigmento verde hecho de malaquita se depositó en el este, y un pigmento amarillo de ocre se colocó en el sur, junto con una valva de ostra perlífera marina, que tiene un color amarillo dorado. No se encontró pigmento en la parte occidental, pero sí una caracola atlántica de leche y una valva de ostra marina espinosa, que son naturalmente rojas. Otra posibilidad sería que estas conchas pudieran haber representado agua, ya que los mayas posteriores asociaban la dirección occidental con la muerte y el inframundo acuático.



Próximos pasos



Para averiguar si las personas que visitaron y utilizaron Aguada Fénix también se instalaron cerca de él, los investigadores también han estado explorando las construcciones que rodean la plataforma: las cuatro secciones de un canal sin terminar que se extienden hacia el oeste desde la Laguna Naranjito, un cuerpo de agua poco profundo que se ha secado recientemente.



"Hemos estado investigando las zonas ceremoniales, pero ahora estamos cambiando nuestro enfoque a las posibles zonas residenciales", dice Inomata. "No sabemos si la gente vivió allí de forma permanente, ni cómo, y queremos centrarnos en eso. Algunas personas pudieron ser sedentarias, quedándose en Aguada Fénix para observar el sol y las estrellas, pero muchas otras quizás solo vinieron a ayudar en la construcción y a participar en una ceremonia y luego se marcharon."



Esas personas móviles podrían haber venido a Aguada Fénix durante la estación seca, como un lugar de reunión y adoración.



"Hemos estado buscando posibles casas, y realizamos varias excavaciones en diferentes puntos cerca de la plataforma con ese objetivo", dice la coautora Melina García, de la Universidad Nacional Autónoma de México.



"Encontramos mucha basura, que podría provenir de personas que viven en casas o de banquetes celebrados durante rituales, como cerámica, huesos y conchas de animales", añade.



Los investigadores sugieren que líderes comunitarios con habilidades y conocimientos especializados probablemente vivían allí durante todo el año para realizar observaciones astronómicas. Estos líderes también podrían haber persuadido a la gente para que viniera a construir las estructuras y a participar en rituales. También pudieron haber sido esenciales para adquirir los objetos, como los adornos de piedra verde y pigmentos, para colocar en los depósitos rituales.



Estos líderes eran respetados por la gente como poseedores de conocimientos astronómicos y de otro tipo esotérico. Así, finalmente se convirtieron en el prototipo de futuros gobernantes mayas, que eran vistos como la encarnación de órdenes universales.



Aún quedan muchas preguntas, pero una cosa está clara: Aguada Fénix fue un proyecto ambicioso, y el lugar se utilizó durante un periodo relativamente corto de aproximadamente 350 años. Estos hallazgos nos ayudan a comprender los notables esfuerzos y hazañas que lograron esos primeros pueblos, y arrojan luz sobre un periodo incierto de la historia mesoamericana.
SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).- Los investigadores podrían disponer de una nueva herramienta en la lucha para proteger a las ranas neotropicales de la extinción, gracias a los datos climáticos.

En un estudio publicado recientemente en la revista Diversity and Distributions, investigadores del Instituto Nacional de Biología de la Conservación y el Zoológico del Smithsonian (NZCBI) y del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) crearon un mapa de alta resolución de Panamá que muestra cómo una enfermedad mortal que afecta a los anfibios se propagó por Panamá durante un periodo de 13 años.

Pero los datos también proporcionan información sobre dónde es más peligrosa la enfermedad y muestran las regiones que pueden ser refugios para las ranas reintroducidas y criadas en cautiverio.



Desde su primera descripción científica en el año 2000, el hongo quítrido Batrachochytrium dendrobatidis (Bd), causante de la mortal enfermedad quítridomicosis en los anfibios, ha devastado las poblaciones de anfibios en América Central y del Sur. Se cree que el quítrido se originó en Asia y desde entonces se ha propagado a muchas partes del mundo. Solo en Panamá, la enfermedad es responsable de la extinción de nueve especies de ranas.



Al igual que otros hongos, el quítrido necesita un entorno fresco y húmedo para prosperar. En condiciones favorables para el quítrido, los brotes de la enfermedad pueden diezmar las poblaciones de ranas. Sin embargo, los científicos han descubierto que el hongo no puede prosperar cuando la temperatura es demasiado alta o el aire es demasiado seco. Aunque la enfermedad se ha extendido por todo el territorio continental de Panamá, el equipo se preguntó si los parámetros climáticos podrían crear una oportunidad para encontrar zonas en las que la quítridomicosis fuera menos letal.



Al combinar datos satelitales con 13 años de modelos atmosféricos, los investigadores crearon un mapa diario de temperatura y humedad de ultra alta resolución para el país. Lo combinaron con un segundo conjunto de datos de más de 4,900 muestras de enfermedades tomadas en 314 sitios de Panamá. El segundo conjunto de datos rastreó la cantidad de hongos presentes en cada rana, conocida como carga fúngica, durante 13 años. Al superponerlos, los dos conjuntos de datos proporcionaron una imagen clara de cuándo y dónde la quítridomicosis era más intensa. Las zonas más elevadas seguían siendo más propicias para los hongos, pero las estaciones lluviosas traían condiciones favorables para el quítrido a las tierras bajas y provocaban oleadas de brotes.



“Al recopilar los datos obtenidos con tanto esfuerzo por muchos investigadores de anfibios, hemos podido trazar un panorama detallado y sin precedentes de la intensidad del Bd en Panamá a lo largo del tiempo y el espacio”, afirmó Carrie Lewis, estudiante de doctorado del Departamento de Geografía y Ciencias de la Geoinformación de la Universidad George Mason, que dirigió el estudio. “Espero que podamos utilizar esta información detallada para orientar las medidas de conservación de una manera más precisa”.



Aunque la quítridomicosis ha devastado las poblaciones de anfibios, la presencia del hongo quítrido por sí sola no es una sentencia de muerte. Conscientes de ello, el equipo de investigación creó tres modelos: uno que mostraba la presencia del hongo; otro de “intensidad media”, que los investigadores consideran un indicador de infección grave; y un tercero de “alta intensidad”, que los investigadores asociaron con brotes significativos de la enfermedad. Los investigadores descubrieron que, al examinar las condiciones meteorológicas de los 15 días anteriores al muestreo, podían predecir la presencia y la intensidad del hongo quítrido.



Al trazar la trayectoria y la intensidad de la quítridomicosis, quedó claro que la enfermedad prospera en las regiones montañosas, que tienden a ser más frías y húmedas que las zonas bajas. Con este conocimiento, los investigadores podrían identificar refugios climáticos, es decir, zonas menos propicias para la quítridomicosis, donde las ranas podrían tener alguna posibilidad de luchar contra el hongo.



“La capacidad de identificar lugares donde las ranas podrían sobrevivir al quítrido es fundamental por dos razones”, afirma Brian Gratwicke, biólogo del NZCBI y autor principal del estudio. “En primer lugar, nos permite buscar ranas en aquellas zonas que podrían haber desarrollado resistencia al hongo. En segundo lugar, esas mismas zonas podrían ser lugares donde podamos reintroducir en la naturaleza ranas criadas en cautiverio. Ambos aspectos podrían suponer un punto de inflexión significativo en la lucha contra la quítridomicosis”.



Desde el 2009, el Proyecto de Rescate y Conservación de Anfibios de Panamá, con sede en Gamboa (Panamá), ha criado 12 especies de ranas, todas ellas en peligro de extinción. Tras años de cría exitosa, ahora hay suficientes animales para iniciar los esfuerzos de reintroducción en la naturaleza. A medida que los investigadores trabajan en los ensayos de reintroducción de especies panameñas en peligro, estos modelos de predicción serán cruciales para determinar cuándo y dónde deben realizarse los ensayos.



Esta colaboración entre 18 coautores ha sido financiada en parte por la National Science Foundation, la German Science Foundation y el Bezos Earth Fund a través de la Iniciativa para la Investigación de Anfibios Tropicales.
SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).- Los beneficios que aportan los arrecifes de coral a la sociedad —entre ellos, la pesca, el turismo, la protección costera, el descubrimiento de fármacos y otros— se estiman en unos 9.8 billones de dólares al año. Por primera vez, un equipo internacional en el que participaban investigadores del Smithsonian estimó el alcance del blanqueamiento de los corales en todo el mundo durante una ola de calor marina global y descubrió que la mitad de los arrecifes del mundo sufrieron daños importantes. En el 2023 inició otra ola de calor que aún continúa.



Se necesitan dos socios para formar un coral: un pequeño animal relacionado con las medusas que secreta la estructura dura del coral y unas algas aún más pequeñas que convierten la luz solar en la energía que el animal necesita para vivir. El blanqueamiento se produce bajo estrés térmico, cuando la asociación se rompe y el coral pierde sus simbiontes algales —su fuente de energía— y se vuelve blanco. El blanqueamiento provoca una reducción del crecimiento, una menor reproducción e incluso la muerte cuando es especialmente grave o prolongado.



Para obtener su estimación del alcance de los daños causados a los arrecifes por el ‘Tercer Evento Global de Blanqueamiento de Corales’ (2014 al 2017), un equipo internacional formado por docenas de países de todo el mundo, liderado por investigadores del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI), la Universidad James Cook de Australia y el antiguo director de Coral Reef Watch de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) de Estados Unidos, combinó imágenes satelitales de la temperatura del agua oceánica del sistema Coral Reef Watch con observaciones de arrecifes obtenidas mediante estudios submarinos y aéreos en distintas partes del mundo.



“Este es el análisis geográficamente más amplio de los estudios sobre el blanqueamiento de corales realizado hasta ahora”, afirmó Sean Connolly, científico sénior del Smithsonian. “Casi 200 coautores de 143 instituciones de 41 países y territorios contribuyeron con datos”.



En más de 15,000 estudios de arrecifes, el 80 % de los arrecifes experimentó blanqueamiento moderado o mayor, y el 35 % de los arrecifes presentó mortalidad moderada o mayor. Tras calibrar la relación entre el estrés térmico y el daño a los corales en los sitios estudiados, el equipo utilizó medidas de estrés térmico obtenidas por satélite para estimar el grado de blanqueamiento que se produjo en los arrecifes de todo el mundo, incluidos los que no fueron estudiados. El equipo estimó que más del 50 % de los arrecifes de coral de todo el mundo sufrieron un blanqueamiento significativo y el 15 % experimentaron una mortalidad significativa.



El declive global de los arrecifes de coral afecta a muchos de los servicios que estos proporcionan, como el turismo y el suministro de alimentos.



El primer autor, C. Mark Eakin, exdirector de NOAA Coral Reef Watch y asesor científico jefe del documental de Netflix Chasing Coral, afirmó que “los niveles de estrés térmico fueron tan extremos durante este evento que Coral Reef Watch tuvo que crear nuevos niveles de alerta de blanqueamiento más altos que no habían sido necesarios en eventos anteriores”.



“Aproximadamente la mitad de los arrecifes afectados por el estrés térmico a niveles de blanqueamiento se vieron expuestos dos o más veces durante el evento que duró tres años, a menudo con consecuencias devastadoras. Eso incluyó eventos consecutivos en la Gran Barrera de Coral de Australia”, añadió Scott Heron, de la Universidad James Cook. “Desde entonces, allí se han registrado otros tres eventos de blanqueamiento. Estamos viendo que los arrecifes no tienen tiempo para recuperarse adecuadamente antes de que se produzca el siguiente evento de blanqueamiento”.



En los últimos 30 años, la Tierra ha perdido el 50 % de los corales porque los océanos absorben la mayor parte del calor que generamos al quemar combustibles fósiles. Si los océanos no absorbieran el calor, la temperatura del aire rondaría los 50 °C (122 °F). Los datos de todo el mundo muestran que ahora nos encontramos en el cuarto evento de blanqueamiento coralino global.



“Nuestros resultados muestran que el tercer evento de blanqueamiento global fue, con diferencia, el más grave y extendido de los registrados”, afirmó Connolly. “Sin embargo, los arrecifes están sufriendo actualmente un cuarto evento aún más grave, que inició a principios del 2023”.



“Las economías locales, regionales y globales dependen en gran medida de la salud de los sistemas naturales, como los arrecifes de coral, pero a menudo los damos por sentado”, afirmó Joshua Tewksbury, director del STRI. “Es fundamental que las comunidades científicas trabajen juntas, como lo ha hecho este equipo global, para seguir de cerca cómo están cambiando estos sistemas críticos. Para hacerlo de forma rigurosa y a gran escala, es necesario conectar distintas regiones y combinar tecnologías: desde satélites de observación de la Tierra hasta estudios submarinos que calibran los datos obtenidos desde el espacio y revelan la magnitud de los daños”.
SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).- Un estudio pionero realizado por científicos del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) y colegas ingenieros de la Universidad Tecnológica de Panamá ha revelado nuevos datos sobre los movimientos, el uso del hábitat y las necesidades de conservación del manatí del Gran Caribe (Trichechus manatus manatus), en peligro de extinción, a lo largo de las costas caribeñas de Panamá y Costa Rica.

Con menos de 2,500 individuos maduros restantes y una disminución prevista de la población del 20 % en las próximas dos generaciones, esta subespecie se enfrenta a amenazas crecientes debido a la degradación del hábitat, las colisiones con embarcaciones, la caza furtiva y el enredo en las redes de pesca.

Estos gentiles herbívoros, conocidos como ingenieros del ecosistema, dependen de los pastos marinos, las plantas acuáticas, los manantiales de agua dulce y las lagunas de los humedales para alimentarse y refugiarse. A pesar de su importancia ecosistémica, la ecología de los manatíes en el sur de América Central sigue siendo poco conocida.



Desde el 2015, los investigadores han utilizado el monitoreo acústico pasivo para identificar manatíes individuales a partir de sus vocalizaciones. El estudio registró 1,012 vocalizaciones en Panamá y 343 en Costa Rica, identificando 61 individuos presuntos en Panamá y 49 en Costa Rica. Se detectaron nueve manatíes en ambos países, que recorrieron aproximadamente 200 kilómetros entre ambos lugares. Estos movimientos coincidieron con variables ambientales estacionales de la región.



El tiempo medio de permanencia fue de 1,059 días en Panamá y de 292 días en Costa Rica, y algunos individuos permanecieron en los complejos de humedales hasta 3,026 y 1,160 días, respectivamente. Estas estancias prolongadas sugieren una gran fidelidad al lugar y ponen de relieve la importancia de los humedales como hábitats críticos para la reproducción y la alimentación.



En Costa Rica, las detecciones constantes, especialmente en las estaciones establecidas para la investigación, indican un uso estable del hábitat en zonas con precipitaciones durante todo el año y una mínima perturbación humana. Por el contrario, Panamá mostró patrones de detección esporádicos, con una residencia variable y sin tendencias estacionales claras. Todos los manatíes registrados salieron de Panamá por el río Changuinola y entraron en Costa Rica por el sector norte de Barra del Colorado o por la región sur de Tortuguero-Pacuare.



Para monitorear la presencia y el movimiento de los manatíes, los investigadores instalaron equipos de monitoreo acústico pasivo en múltiples humedales y sitios costeros de Panamá y Costa Rica entre el 2015 y el 2024. Estas grabadoras submarinas o hidrófonos captaron las vocalizaciones de los manatíes —sonidos distintivos como chillidos y chillidos agudos— que permitieron a los científicos identificar a cada animal sin necesidad de avistamientos visuales ni de marcajes físicos. “Un solo manatí puede emitir vocalizaciones con variaciones significativas, y diferentes individuos pueden compartir rangos de frecuencia similares. Esto hace que distinguirlos sea un reto científico. Para superarlo, utilizamos técnicas de inteligencia artificial que identifican patrones en grandes conjuntos de datos. Una de ellas es PaCMAP, que significa ‘aproximación y proyección controlada por pares’, y otra es HDBSCAN, ‘agrupamiento espacial jerárquico basado en la densidad de aplicaciones con ruido’, explicó el ingeniero Fernando Merchan, coautor de la investigación.



Cada vocalización se analizó mediante algoritmos especializados que detectan características acústicas únicas, como la frecuencia, la duración y el contorno de la llamada. Estas características se utilizaron para estimar el número de individuos, rastrear su presencia a lo largo del tiempo e identificar los movimientos transfronterizos.



Los investigadores clasificaron los llamados en tipos específicos y aplicaron criterios de validación para compararlos con las vocalizaciones registradas en ambos países. Este enfoque permitió identificar nueve manatíes que viajaban entre Panamá y Costa Rica, recorriendo distancias de hasta 200 kilómetros. “Esto fue una sorpresa que sospechábamos, la conectividad, pero nunca se había demostrado antes. Esto nos anima a continuar con la ecología del movimiento”, comentó el biólogo y científico de STRI Héctor M. Guzmán, autor principal y líder de la investigación.



Además de los datos acústicos, el equipo utilizó herramientas de teledetección para correlacionar los movimientos de los manatíes con factores ambientales como las precipitaciones, el nivel del mar y la temperatura del agua. Estos datos ayudaron a explicar los patrones migratorios estacionales y las preferencias de hábitat.



El estudio también incorporó datos genéticos de investigaciones anteriores y información reciente sobre variables ambientales para evaluar la conectividad de la población y respaldar el corredor de conservación propuesto. “Descubrimos que los movimientos de los manatíes hacia el norte coinciden con períodos de mayor precipitación, temperaturas del aire más cálidas y niveles del mar más bajos. Estos patrones sugieren una fuerte interacción entre la dinámica atmosférica estacional y el uso del hábitat. Esto nos permitiría predecir sus movimientos y orientar las estrategias de conservación que garantizan la conectividad ecológica estacional”, afirmó la oceanógrafa de STRI y coautora Rocío Estévez.



Para apoyar la conservación a largo plazo, los investigadores proponen un corredor binacional de 984 kilómetros que abarca 2631 km² de ecosistemas marinos costeros y humedales: 220 km en Costa Rica y 764 km en Panamá. El corredor incluye 18 áreas protegidas y cuatro sitios Ramsar: Humedal Caribe Noreste y Gandoca-Manzanillo en Costa Rica, y San San-Pond Sak y Damani-Guariviara en Panamá. Abarca más de 57 ríos que alcanzan la isóbata de 20 metros y se alinea con los patrones de residencia y movimiento observados. “Es común escuchar a los responsables de la toma de decisiones decir que necesitan información científica para la gestión de los recursos naturales, y aquí la tienen. Sin embargo, cuando presentamos un Acuerdo Binacional para la Protección de los Manatíes a los ministros de medio ambiente de ambos países, solo Panamá mostró interés”, comentó Guzmán.



Las investigaciones en curso incluyen el uso de ADN ambiental y telemetría satelital para estudiar el uso del hábitat y los movimientos a gran escala con alta resolución espacial, así como modelos acústicos de captura y recaptura para estimar el tamaño de la población basándose en categorías de vocalización.



Este estudio supone un gran avance en la comprensión de la ecología del manatí en América Central y subraya la urgencia de políticas coordinadas y estrategias de conservación transfronterizas para proteger a esta especie en peligro de extinción y los ecosistemas de los que depende.



Financiación

Esta investigación ha sido financiada por la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (SENACYT-Panamá) a través de las subvenciones FID18-76, FID21-90 y FID23-106; la Fundación MarViva de Costa Rica; la Fundación Blue Marine; y el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI). El Sistema Nacional de Investigación (SNI-SENACYT) proporcionó apoyo adicional para las actividades de investigación.
SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).- El fenómeno natural del afloramiento, que acontece todos los años en el Golfo de Panamá, no sucedió por primera vez en 2025. Un estudio liderado por científicos del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) señala que el debilitamiento de los vientos alisios fue la causa de este evento. Este hallazgo advierte sobre los impactos del clima en procesos oceánicos fundamentales y en las comunidades costeras que dependen de ellos



Durante la estación seca en América Central (generalmente entre diciembre y abril), los vientos alisios del norte generan eventos de surgencia, también conocido como afloramiento, en el océano del Golfo de Panamá. La surgencia es un proceso que permite el ascenso de aguas frías y ricas en nutrientes desde las profundidades del océano hacia la superficie. Esta dinámica impulsa pesquerías altamente productivas y ayuda a proteger a los arrecifes coralinos del estrés térmico. Gracias a este movimiento del agua, el mar en las playas del Pacífico panameño tiene una temperatura más baja durante las vacaciones de “verano”.



Los científicos del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI por sus siglas en inglés), han estudiado este fenómeno y sus registros indican que esta surgencia estacional, que ocurre entre enero y abril, ha sido una característica constante y predecible del golfo durante al menos 40 años. Sin embargo, los científicos recientemente registraron que en 2025, este proceso oceanográfico vital no ocurrió por primera vez. Como resultado, se atenuaron los descensos de temperatura y los aumentos de productividad típicos de esta época del año. En el artículo recientemente publicado en la revista PNAS, los científicos sugieren que una reducción significativa en los patrones de viento fue la causa de este evento sin precedentes, revelando cómo la alteración del clima puede modificar rápidamente procesos oceánicos fundamentales, que han ofrecido sustento a comunidades costeras pesqueras por miles de años. Sin embargo, se necesita más investigación para determinar una causa más precisa y sus posibles consecuencias para la pesca.



Este hallazgo resalta la creciente vulnerabilidad de los sistemas de surgencia tropical que, a pesar de su enorme importancia ecológica y socioeconómica, siguen siendo escasamente monitoreados. También subraya la urgencia de fortalecer las capacidades de observación y predicción océano-climática en las regiones tropicales del planeta.



Este es uno de los primeros resultados importantes de la colaboración entre el barco S/Y Eugen Seibold del Instituto Max Planck y el STRI.
ENMAYÚSCULA, (SMITHSONIAN).- Un avión de la NASA llegó a Panamá para adquirir imágenes aéreas que informarán a los científicos sobre la diversidad de los ecosistemas tropicales. Al mismo tiempo, investigadores del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) en Panamá recolectaron datos similares desde el suelo. El objetivo: crear un algoritmo para comprender mejor los ecosistemas tropicales mediante sensores satelitales remotos en el futuro.



Un avión de la NASA sobrevuela el bosque y el océano tropical, capturando píxeles de colores invisibles al ojo humano con una cámara especializada. En el suelo, científicos y científicas recolectan hojas del dosel que correspondientes a esos píxeles, que representan vegetación de distintos ecosistemas como manglares, bosques montanos y bosques secos tropicales. En áreas costeras, recolectan muestras de agua. Allá arriba, orbitando la Tierra, sensores remotos espaciales ofrecen una visión panorámica para mapear estos ecosistemas. Todo esto es parte del proyecto AVUELO (siglas in inglés: Airborne Validation Unified Experiment: Land to Ocean), una campaña liderada por la NASA, cuyo nombre utiliza ingeniosamente la palabra “vuelo”, haciendo referencia a “volar”. La campaña se realizó en febrero de 2025 en Panamá y Costa Rica, y tuvo como objetivo adquirir datos terrestres y aéreos. Su misión: entender las características únicas de la vegetación tropical y del océano para crear una fórmula matemática, un algoritmo, usando datos reales recolectados tanto en el suelo como en el aire. Este algoritmo será utilizado por sensores espaciales remotos para mejorar nuestra comprensión de los bosques tropicales y los ecosistemas oceánicos en todo el mundo.



La campaña se realizó en colaboración con el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) y la Federación Costarricense de Pesca (FECOP), con contribuciones adicionales de varios científicos y científicas y diferentes instituciones. Fue coordinada por la científica panameña del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA, Erika Podest.



STRI desempeñó un papel clave en el proyecto, ya que ha estado monitoreando e identificando árboles desde 1980. Esta iniciativa ha inspirado otros 78 sitios en 29 países alrededor del mundo, todos parte del proyecto GEO-TREES, que busca entender los impactos del cambio global en los bosques. El hecho de que los investigadores e investigadoras ya conocieran las ubicaciones y los nombres de las especies de árboles en estas áreas fue esencial para el éxito del proyecto. Como explicó Érika, “hay muchos mapas de vegetación, pero realmente no proporcionan información detallada sobre su diversidad, y esta campaña será clave para obtener ese tipo de información.” Además, como expresó Helene Muller-Landau, científica de planta del STRI y una de las líderes de la campaña en STRI: “Panamá presenta una gran variedad de condiciones ambientales y tipos de bosques, que abarcan casi toda la gama de variación que se encuentra en los bosques tropicales a nivel mundial,” lo que convierte al país en un lugar ideal para llevar a cabo este proyecto. En el corazón del proyecto estuvieron alrededor de 80 personas que lo hicieron posible, incluyendo estudiantes, pasantes, investigadores e investigadoras postdoctorales, pilotos e ingenieros e ingenieras de la NASA, y científicos y científicas del STRI, NASA y otras organizaciones.



Recolectar los datos no fue una tarea fácil. Una pieza clave del rompecabezas fue el avión King Air N53W de la NASA, equipado con un instrumento con tecnología de punta, un espectrómetro llamado AVIRIS 3 (Airborne Visible InfraRed Imaging Spectrometer). Como lo describió John Chapman, operador de AVIRIS, este sensor es como “una cámara digital muy, muy sofisticada que puede tomar lo que considerarías un color verde y dividirlo en 120 tonos diferentes de verde.” Este espectrómetro mide la radiancia de una superficie dada —es decir, la cantidad de luz solar transmitida y reflejada por esa superficie— en longitudes de onda mucho más allá del espectro visible para los humanos, incluyendo el ultravioleta y el infrarrojo. Los resultados son imágenes hiperespectrales que contienen datos cruciales para la ciencia. Debido a que distintas sustancias químicas, como la clorofila o el metano, tienen una firma espectral única —es decir, como su huella digital— este sensor puede identificar qué sustancias químicas están presentes en cada píxel de la imagen. El cielo despejado es esenciale para que el AVIRIS-3 funcione eficazmente, y aunque el equipo enfrentó un clima nublado y lluvioso inesperado durante la estación seca, lograron volar y capturar imágenes de alta calidad con éxito.



Otra parte fundamental del rompecabezas fue la recolección de datos en tierra. Helene Muller-Landau coordinó equipos para recolectar hojas del dosel que habían sido captadas por el avión de la NASA, llevándolas al laboratorio para medir su firma espectral. Recolectar hojas del dosel no fue un desafío en el Parque Natural Metropolitano ubicado en Ciudad de Panamá ni en el Parque Nacional San Lorenzo en Colón, ya que las grúas del STRI permitieron alcanzar las copas de los árboles. Sin embargo, en otros sitios se emplearon distintas técnicas, como el uso de una podadora de jardín larga y una resortera especial que lanza una cuerda con una sierra hasta la copa de los árboles. Un equipo liderado por la científica del STRI Rachel Collin también se enfocó en recolectar hojas de un ecosistema de particular interés: los manglares.



Durante la campaña, el equipo en tierra trabajó incansablemente para recolectar un total de 941 muestras de hojas de 456 especies de plantas, abarcando 307 géneros y 96 familias, mientras que el avión acumuló 64 horas de vuelo y AVIRIS recopiló 20 terabytes de datos. Tres estudiantes panameñas tuvieron la oportunidad de recolectar hojas en la Isla Barro Colorado (BCI), uno de los bosques tropicales más estudiados del mundo. Las estudiantes fueron Paola Arosemena, estudiante de segundo año de biología de la Universidad de Panamá (UP); Mara Demarsan, estudiante de ingeniería forestal de la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP); y Génesis Villareal, estudiante de biología de la Universidad Autónoma de Chiriquí (UNACHI). “Desde que visité Barro Colorado en un viaje escolar, siempre dije que me gustaría trabajar aquí, al menos una vez. Poder quedarme aquí es como un sueño,” expresó Mara.



“Conocí personas maravillosas de todas las áreas de botánica, zoología, y los científicos de NASA y STRI fueron muy atentos con nosotras y nos enseñaron muchísimo. Fue una experiencia increíble, y creo que definitivamente marcó el rumbo de mi carrera”, Génesis Villareal, pasante de AVUELO.



Además, el equipo STRI-NASA no solo se enfocó en recolectar datos hiperespectrales desde el aire y el suelo, sino que también buscó estudiar los rasgos funcionales de las plantas — características de las hojas que revelan información sobre las estrategias de vida de una planta, como cuánto invierten en fotosíntesis. Esta parte del proyecto fue liderada por Andrés Baresch, investigador postdoctoral en el Centro Goddard de la NASA, y Natalia Quintero, investigadora afiliada al mismo centro. Junto a un gran equipo, recolectaron datos sobre diversos rasgos foliares, incluyendo el contenido de agua, la masa por área, la forma de las hojas, su química foliar y las características de sus estomas.



Al mismo tiempo, se realizaron otras dos recolecciones de datos fascinantes. La primera, liderada por Yoseline Ángel, científica asistente en el Centro Goddard de la NASA, se centró en medir los datos espectrales de flores, con planes de incorporar ciencia ciudadana para ayudar a monitorear la fenología de los árboles tropicales. El segundo esfuerzo involucró fotografiar muestras de hojas para estudiar sus patrones de venación, los cuales pueden revelar información sobre la historia evolutiva de las plantas. Este trabajo fue realizado por las paleobotánicas Liliana Londoño y Laura Puente, del laboratorio del científico de planta del STRI Carlos Jaramillo.



La NASA ha estado estudiando la absorción de carbono, la calidad de los bosques y mapeando fuentes y sumideros de carbono en los trópicos durante décadas, utilizando tecnología satelital avanzada para monitorear y medir estos ecosistemas a nivel global. Además, los bosques tropicales son vitales para estabilizar el clima global, al absorber dióxido de carbono y sustentar la biodiversidad. Como explicó Helene Muller-Landau, “los bosques tropicales son tremendamente diversos en su composición de especies y estructura” y “los datos de sensores remotos satelitales ya han aumentado enormemente nuestra comprensión de los patrones a gran escala en los bosques tropicales, pero extrapolar a partir de la pequeña muestra para la que tenemos datos de campo es problemático”. Los resultados de este proyecto, el primero de su tipo en los trópicos, “tienen el potencial de proporcionar una gran cantidad de datos nuevos sobre la variación geográfica en la composición funcional y taxonómica de los bosques tropicales,” y serán clave para diseñar futuros esfuerzos de conservación.



Todos los datos obtenidos durante esta campaña serán de acceso abierto y estarán disponibles para cualquier persona interesada en todo el mundo.

ENMAYÚSCULA, (SMITHSONIAN).- Los árboles de los bosques tropicales mueren a un ritmo cada vez mayor, con consecuencias para la biodiversidad, el almacenamiento de carbono y el clima mundial. Aunque la deforestación es la principal causa de la pérdida de bosques, los bosques intactos también están experimentando un aumento de la muerte de árboles.

La sequía, el aumento de las temperaturas y los incendios han sido los principales sospechosos, pero un nuevo artículo dirigido por Evan Gora, ecólogo forestal del Cary Institute of Ecosystem Studies y científico visitante del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, identifica una amenaza infravalorada: las tormentas eléctricas, que son cada vez más frecuentes con el cambio climático.



Estas tormentas convectivas, que no deben confundirse con huracanes o ciclones, suelen ser de corta duración pero potentes, con vientos y relámpagos que derriban árboles. En un artículo publicado en Ecology Letters, Gora y sus colegas explican por qué estas tormentas podrían ser una de las principales causas de la creciente mortalidad de los árboles tropicales. Las tormentas eléctricas, cada vez más frecuentes en los trópicos cálidos, son una amenaza creciente para los árboles y el carbono que almacenan.



"Los bosques tropicales tienen efectos masivos sobre el clima global. Son como los pulmones de la Tierra, y estamos viendo que sus árboles mueren a un ritmo mayor que en el pasado, y la composición de los bosques también está cambiando", explicó Gora. “Eso podría ser realmente problemático para el futuro no sólo de los bosques tropicales, sino del planeta”.



Comprender las causas de las tendencias en la muerte de árboles es fundamental para orientar las decisiones sobre qué especies de árboles plantar o conservar en un bosque, de modo que los gestores forestales puedan garantizar que los bosques sigan prosperando y almacenando carbono durante mucho tiempo en el futuro.



“Estar en el bosque durante una tormenta tropical es inolvidable”, comentó la coautora Vanessa Rubio, ecóloga forestal del laboratorio de Gora en el Cary Institute. "A medida que la tormenta arrecia, el cielo se oscurece, la humedad cambia drásticamente y fuertes vientos sacuden los árboles. Entonces, llegan los truenos y los relámpagos. Las hojas y las ramas caen al suelo, llueve a cántaros y tu instinto es volver a la estación de campo lo antes posible".



A pesar de su evidente peligro para las personas, las tormentas habían sido pasadas por alto y poco estudiadas como posibles culpables de las tendencias de mortalidad de los árboles. Pero cuando el equipo volvió a analizar los datos de estudios anteriores sobre las reservas de carbono de los bosques tropicales, descubrió que las tormentas eran al menos tan buenas como la sequía y la temperatura para explicar los patrones de mortalidad de los árboles y el almacenamiento de carbono forestal.



“Nos sorprendió descubrir que las tormentas pueden ser el mayor factor causante de la muerte de árboles en estos bosques, y que son en gran medida pasadas por alto por la investigación sobre el almacenamiento de carbono en los trópicos”, comentó Gora. “Nuestras estimaciones sugieren que las tormentas son responsables de entre el 30 y el 60% de la mortalidad de los árboles en el pasado, y esa cifra debe estar aumentando a medida que la actividad de las tormentas aumenta entre un 5 y un 25% cada década”.



El equipo también añadió las tormentas al mayor estudio basado en parcelas sobre la dinámica del carbono de la biomasa forestal realizado hasta la fecha. Ese estudio había concluido previamente que cuando las temperaturas superan un determinado umbral, los bosques tropicales experimentan un rápido descenso de las reservas de carbono. “Pero cuando se añaden las tormentas, esa relación desaparece”, explica Gora. “Básicamente demuestra que hay que incluir las tormentas, o puede que no se obtengan las respuestas correctas”.



Las tormentas y las sequías no son mutuamente excluyentes, señalan los científicos: los mismos bosques pueden experimentar tanto una gran actividad tormentosa como estrés por sequía. Los científicos descubrieron una gran actividad de tormentas convectivas en el sur de la Amazonia, donde el estrés hídrico también es elevado y los patrones de cambio se encuentran entre los más extremos.



“Durante mis estudios sobre las amenazas a los bosques tropicales, mis profesores, nuestros libros de texto e incluso la política climática global nunca mencionaron las pequeñas tormentas convectivas como fuente potencial de mortalidad forestal”, comentó el coautor Ian McGregor, ecólogo forestal del Cary Institute en el laboratorio de Gora. "No recuerdo haberlas visto en los modelos climáticos globales utilizados para informar la política climática. Sin embargo, dados nuestros hallazgos, está claro que necesitamos un conocimiento más profundo de estas tormentas para disponer de modelos climáticos más precisos y, por tanto, de una política más eficaz."



Hay buenas razones por las que los científicos han pasado por alto las tormentas hasta ahora. La temperatura y el estrés hídrico pueden controlarse con estaciones meteorológicas y conectarse fácilmente con datos de parcelas forestales a largo plazo. Es mucho más difícil detectar las tormentas y rastrear sus daños, muy localizados. La mortalidad causada por las tormentas no se detecta fácilmente por satélite, y no es práctico que los investigadores a pie inspeccionen grandes zonas forestales con la frecuencia suficiente para determinar con precisión los daños causados por una tormenta concreta.



Gigante, un proyecto dirigido por Gora y la coautora Adriane Esquivel-Muelbert, de la Universidad de Birmingham, ofrece una forma de superar estos retos. El proyecto combina un sistema de localización de rayos, exploradores teledirigidos y expertos sobre el terreno para muestrear con frecuencia grandes zonas de bosque tropical. Con estas herramientas, están empezando a cuantificar cuándo, dónde y por qué están muriendo los árboles tropicales, y qué especies son las más afectadas.



Comprender las amenazas actuales y futuras para los bosques tropicales es crucial para orientar los esfuerzos de conservación y restauración a largo plazo.



“Si tomamos decisiones sobre qué especies plantar o conservar basándonos en un conocimiento incorrecto de lo que realmente está matando a esos árboles y de qué especies son las más vulnerables, esos bosques no alcanzarán todo su potencial”, afirma Gora. Las tormentas son más mortíferas para los árboles maduros, por lo que las consecuencias de los esfuerzos de reforestación equivocados podrían no conocerse hasta décadas después de plantar los árboles.



“Sin embargo”, prosiguió Gora, “si podemos construir una imagen más holística de lo que está impulsando el cambio forestal, podremos tener mucha más confianza a la hora de orientar las prácticas de gestión forestal hacia la sostenibilidad a largo plazo”.

SMITHSONIAN (SONIA TEJADA).- Científicos descubrieron que la planta comúnmente conocida como cachito o cornizuelo, invirtió más en recompensas para sus hormigas durante una sequía, lo que sugiere que las interacciones mutualistas desempeñan un papel crucial en la supervivencia de la planta, incluso frente al estrés climático


Así como los días lluviosos pueden afectar nuestro estado de ánimo, las fluctuaciones en las lluvias pueden generar estrés en los bosques tropicales. Por ejemplo, las plantas podrían invertir menos en su crecimiento durante períodos de sequía. Sin embargo, científicos y científicas del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) en Panamá descubrieron recientemente que las plantas comúnmente conocidas como cachito o cornizuelo (Vachellia collinsii, antes Acacia collinsii), conocidas comúnmente como cachito o cornizuelo, invirtieron más en algunos recursos vegetales durante una sequía, manteniendo felices a sus hormigas mutualistas.


En la relación mutualista obligatoria entre las plantas cachito neotropicales y las hormigas Pseudomyrmex, cientos de valientes hormigas defienden la planta contra herbívoros hambrientos a cambio de refugio y alimento. Las espinas de la planta han evolucionado para ser huecas y servir como hogar para las colonias de hormigas. Además, la planta produce recursos alimenticios específicos que han evolucionado exclusivamente para sus hormigas: néctar de glándulas especializadas llamadas nectarios extraflorales, y estructuras ricas en proteínas llamadas cuerpos de Belt, que las hormigas adultas recolectan para alimentar a sus larvas. En este mutualismo obligatorio, la supervivencia de una especie depende de su asociación con la otra. Curiosamente, el tamaño y la cantidad de recompensas de vivienda y alimento pueden variar temporalmente o según la especie de hormiga. Por ejemplo, las plantas cachito también pueden ser colonizadas por otra especie de inquilinas: las hormigas Crematogaster, que, como no hacen tan buen trabajo defendiendo, suelen recibir menos recompensas de la planta que las hospeda.


En un nuevo estudio publicado en la revista Oecologia, investigadores en Panamá midieron las recompensas para las hormigas en plantas cachito colonizadas por hormigas defensoras de alta calidad (Pseudomyrmex) y de baja calidad (Crematogaster): registraron el tamaño de las espinas, el número de nectarios extraflorales y el número de cuerpos de Belt producidos por hoja al final de la temporada lluviosa en 2019 —durante un período de precipitación regular— y al final de la temporada lluviosa en 2023 —durante una sequía provocada por el fenómeno del Niño. Sorprendentemente, encontraron que las plantas produjeron recompensas de vivienda y alimento más grandes para las hormigas durante la sequía de 2023, independientemente de la especie de hormiga defensora, lo que evidencia la importancia de su relación con sus hormigas guardaespaldas. Probablemente, el aumento en la disponibilidad de luz durante El Niño también contribuyó a la producción de recompensas. Sin embargo, “la posibilidad más interesante para mí, que también cuenta con respaldo en otros sistemas planta-hormiga, es que las plantas pueden necesitar más a las hormigas cuando hay menos agua: si soy una planta con recursos limitados para hacer una nueva hoja, mejor me aseguro de que mis hormigas protejan lo que tengo”, explica Cristian Molina, becario de STRI y primer autor del estudio.



“En interacciones mutualistas coevolucionadas, especialmente mutualismos obligatorios, los organismos involucrados tienen poca flexibilidad para responder a cambios, ya que su respuesta depende de otra especie. Con este estudio, demostramos la capacidad de una planta neotropical para mantener a su huésped mutualista durante un período de escasez de agua, lo cual puede ser crítico para su sobrevivencia”, afirmó la científica del STRI y autora del artículo, Sabrina Amador. Sin embargo, “aún enfrentamos la tarea de investigar cómo el cambio global puede afectar otros aspectos vitales para el éxito reproductivo de la planta, como la producción de flores”. Comprender la evolución y flexibilidad de las relaciones mutualistas para responder a los cambios ambientales y sus efectos en los ecosistemas, especialmente en los trópicos, es clave para descifrar el futuro de la biodiversidad tropical bajo la presión de un clima cambiante.
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